jueves, 31 de octubre de 2013

Séptimo Capítulo de ''Perdida''.

¡¡FELIZ JUEVES!!

!Hola a tod@s! Otra semana más aquí, compartiendo nuestras palabras con todos vosotros. 
Ayer leí una frase preciosa que decía: ''Los libros son puertas que te llevan a la calle. Con ellos aprendes, te educas, viajas, sueñas, imaginas, vives otras vidas y multiplicas la tuya por mil''.
Con esto y sin demorar más la espera, os dejo una canción mágica ''Don't Know Why'' de Norah Jones, que descubrimos gracias a la trilogía ''Pídeme Lo Que Quieras'', y también os dejo el séptimo capítulo de ''Perdida''.





                              
   
  Entonces se ignoran mientras sus sombras se miran.



7


La semana pasa lenta y pesada, estoy totalmente recuperada.
No he sabido nada de Alexander, aunque el miércoles creo que estuvo en casa, escuché una voz en el salón, aunque no me levanté de la cama.
Cuando llego el jueves al trabajo, abro la puerta y me encuentro con una rosa roja encima de mi escritorio, me acerco y debajo hay una nota:
‘’Blake, no me cansaré de pedirte disculpas. Me alegro de que estés bien. Alexander Kors’’ Justo debajo hay una dirección y una hora.

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No sé que ponerme, no tengo ni idea de dónde vamos.
Abro las puertas del vestidor y entro.
Al principio no sabía si acudir, pero tengo que hacerlo, lo necesito.
Me decanto por una falda de flores, un top rosa palo y unas sandalias. Espero haber elegido correctamente.
Le he dicho a Betta que he quedado con una compañera, me ha costado que se lo trague, piensa que debo reposar más, pero ya lo he hecho toda la semana.
Cuando llego a la calle de la nota, me encuentro con la mejor y más sexy imagen que he visto en mi vida: Alexander apoyado en su Aston Martin.
Viste una camiseta blanca y unos vaqueros. Me alegra haber escogido esta ropa.
Me ve y esboza una sonrisa de oreja a oreja, yo no puedo ocultar mi rubor.

-Hola ¿Cómo estás? – me posa un suave beso en la mejilla.

Me fijo en la herida de su labio.

-Hola, muy bien. Y antes de que saques el tema, fue sin querer – enfatizo cada palabra y abro bien los ojos.

El sonríe y me roza la mejilla con sus dedos, me corta la respiración. Por su rostro se que está pensando en lo que sucedió.
Cojo su muñeca, está vendada.

-¿Tú cómo estás? – lo miro directamente a los ojos.

-Perfectamente. Perdona, te habría recogido en tu casa, pero no te gustaría que Betta sospechara.

Pienso en lo que estoy haciendo, pero no es tan malo, creo. Solo somos amigos…
Me conduce hasta el asiento del copiloto y me abre la puerta. Se sienta al volante mientras yo siento que me va a dar un infarto. Me lo poseía ahí mismo.
Me mira intentando descifrar mi expresión.

-¿Pasa algo? – me mira preocupado.

-Oh nada, tranquilo – tengo que recordarme respirar cuando estoy con él.

Conduciendo está increíblemente irresistible.
Pone la radio y comienza a sonar ‘Marchin On’ de One Republic.
Cruzamos miradas y me sonríe. Estoy nerviosa. Hablando nos damos cuenta de que tenemos en común gustos musicales.
Me lleva fuera de la ciudad, pregunto pero no me dice donde vamos.
Llegamos a nuestro destino, es un bloque de pisos enorme.
Nos bajamos del coche y nos dirigimos a la entrada, Alexander apoya su mano en mi espalda y me conduce hasta el ascensor. No hablamos durante el trayecto, él está serio, yo quiero romper el hielo, pero seguro que si abro la boca digo algo inadecuado.
El ascensor nos lleva hasta la última planta.
Alexander abre una puerta enorme, de color platino antiguo. Grandiosa y preciosa.
Entramos a un enorme salón en tonos fríos, parecidos a su despacho, blancos, negros pero con tonos rojos.

-Bienvenida a mi casa – me dice mientras sonríe un poco.

Al fondo de la habitación hay cristaleras de techo a suelo, se ve toda la bahía y una panorámica increíble de la ciudad.
Nos sentamos en el sofá de piel negro, en frente de una chimenea de acero ultra moderna.

-¿Te apetece una copa de vino? – me pilla desprevenida.

-Sí, claro, vino estaría bien – le respondo con una sonrisa.

 ¿Por qué me comporto así? Yo no soy tan tímida.
Se levanta y al rato vuelve con dos copas de vino tinto, me tiende una y lo pruebo. Está buenísimo, tiene un toque afrutado.
Me vuelve a preguntar que si estoy bien, le respondo de buena gana, pero no me apetece hablar de ese asunto, ni de David…
De repente me acuerdo de algo que hacía tiempo quería preguntarle.

-Oye, ¿Cómo era eso de que eres mi jefe? – deja la copa en la mesa y me mira de soslayo.

-¿No te lo dijo Betta? – me responde con otra pregunta.

-No, no me lo dijo, ¿Quién eres Alexander Kors? – vaya pregunta de película que le acabo de soltar.

Lo miro sin pestañear, esperando a que diga algo.

-Bueno, digamos que…esto…- está nervioso, no lo había visto así.

Por lo que he podido observar en este tiempo el no es así, siempre parece tener el control de las situaciones.

-…llegué a un pequeño acuerdo con ella – termina la frase.

Para quitarle tensión al momento digo:

-¿Te acostaste con ella? – me río con una risa pícara, pero él está quieto como una piedra.

 ¿Cómo se me ocurre decirle algo así? ¿Cómo no se me ha pasado por la cabeza? ¡Es Betta!
Siento una sensación muy extraña en el pecho y suelto la copa sobre la mesa por miedo a que se me caiga.

-Lo siento Blake, yo creía que ella te lo había contado – se ve arrepentido, pero yo estoy muy enfadada.

-¿Y por qué? Eres el dueño de la empresa, ¿no? – mi tono de voz se eleva, lo miro fríamente directamente a los ojos, sin rodeos.

-Sí, bueno, mi padre tiene varias empresas – me aguanta la mirada – pero no solo trabajas en VOGUE por eso, eres buena en lo que haces.

-Ya no se qué creer – me levanto rápidamente, pero me mareo un poco y me tambaleo.

 Él me sujeta antes de que caiga.

-¿Estás bien?

Asiento y lo aparto de mí.

-Gracias por todo – digo mientras cojo mi bolso.

Me dirijo a la puerta, pero él me alcanza y me agarra por el codo dándome la vuelta.

-Entiendo que quieras irte, pero déjame que te lleve a casa, por favor.

-No, gracias. Se apañármelas sola – abro la puerta y me voy, mi orgullo puede conmigo, pero me da igual.

Cuando llego a casa Betta está viendo la televisión pero yo me dirijo a mi habitación sin ni siquiera mirarla, mi enfado es tal.
Decido olvidarme de todo y dormir.

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Es la hora de salir de la cama, tengo que ir al trabajo o mejor dicho, ex trabajo a por mis cosas, pero para mi sorpresa cuando abro los ojos me encuentro con un enorme ramo de peonías rosas sobre la mesa que tengo junto a la ventana. Adoro las peonías.
Me acerco rápido, no puedo ocultar mi emoción.
Hay una pequeña nota en la que pone: ‘’Solo una oportunidad  A.Kors’’.

Salgo de la habitación con la nota en la mano y al llegar a la cocina la arrugo y la tiro a la basura.
No veo a Betta por ningún lado.
Decido desayunar y cuando lo estoy haciendo ella entra pegando un gran golpe en la puerta y viene directa hacía mí.

-Blake, ¿estuviste ayer con Alexander? – pregunta con la rabia impresa en los ojos.

No tengo ganas de discutir, pero tampoco le quiero mentir, estoy muy enfadada con ambos, pero aún más con ella.

-Sí, estuve con él. Pero fue un error – le contesto sin levantar la vista de mi desayuno.

-¿Por qué Blake?  ¿Por qué fuiste con él? – dice alterada.

-Betta, tú no puedes recriminarme nada, ¿por qué no me dijiste que él era mi jefe? Y lo peor de todo ¿Cómo conseguiste mi puesto? – está vez le clavo la mirada, subo el tono de mi voz y me levanto.

Su expresión cambia.

-Lo siento – dice – no sabía que fuera tan importante para ti saber cómo lo conseguí…

-Claro que es importante. Yo quería que fuese por mis méritos y sí, con tu ayuda, pero no así – el final lo digo gritando.

Ella me mira sin saber que decir, de repente viene hasta mí y me abraza, me deja pasmada.

-Lo siento, Blake. No debería de haber sido así, es solo que me ha molestado que te veas con él sin decirme nada – me aparta y me mira a los ojos – no lo tenía que haber ocultado, eres mi amiga y te quiero, pero quiero que sepas que Alexander es especial, aunque no sé si él siente lo mismo por mí.

Vaya, no sabía los sentimientos tan profundos de Betta hacia Alexander. Me da pena, pero el problema es que a mí también me gusta él.


Vamos juntas al trabajo, le digo que estoy dispuesta a dejarlo, aunque me duela mucho. No hablamos de Alexander.
Cuando entro en mi despacho mi tensión se dispara.
Alexander está mirando por mí ventana, de brazos cruzados. Lleva un traje negro y se ve guapísimo, como siempre.

-¿Qué haces aquí? – digo bruscamente.

No debo verlo, pero no puedo evitar sentirme feliz porque este allí, esperándome.

-No te vayas – no me mira, sigue de pie con su mirada fija.

-No voy a quedarme. Quiero conseguir un trabajo de una forma honrada y no por cómo lo tengo ahora.

Se da la vuelta y viene directo a mí. Entre los dos no hay ni medio metro de distancia. Observo que ya tiene e labio bien y lo único que me apetece es mordérselo y besarlo.
Se acerca un poco más y mi respiración vuelve a ser entrecortada. No apartamos la mirada el uno del otro. Digo con un temblor en la voz:

-No voy a quedarme.

Voy a darme la vuelta cuando me agarra y posa sus labios en los míos. Su beso es suave y se vuelve cada vez más intenso, nuestras lenguas se juntan, me acerca más a él, con una mano me sujeta la nuca y yo le comienzo a recorrer la espalda con mis manos y a enredar mis dedos en su cabello.
Llevaba mucho tiempo deseando hacer esto y es más impresionante de lo que imaginada. Sus labios ejercen una presión sobre los míos que hace que quiera más y más.
Después del mejor beso que me han dado nunca, separamos nuestras bocas a regañadientes para coger aire.
Sus brazos me sujetan con fuerza y me encanta su contacto.
Nuestros ojos se cruzan y nos miramos. Estamos un tiempo muy intenso sin apartar las miradas.
Al cabo de un rato, el rompe el silencio.

-¿Qué decides? – me dice, buscando una respuesta en mis ojos y decido serle sincera.

-No sé, estoy totalmente perdida con esto, Betta…- suspiro- pero después de esto- digo mirando sus manos que rodean mi cintura – creo que no voy a poder irme – sentencio.

En su mirada veo comprensión, pero tiene una sonrisilla de suficiencia, está contento y me lo demuestra.
Se acerca aún más y posa sus labios en mi boca, sin besarme murmura:

-Me alegro.

Yo me retiro y lo examino más a distancia.

-Pero yo no soy capaz de engañar a Betta.

Me vuelve a acercar a él, pero esta vez me da la vuelta y miramos hacia el ventanal, con su cuerpo sobre mi cuerpo. Empieza a recorrer con su lengua mi cuello mientras me sube la blusa blanca hasta el ombligo y me acaricia el vientre. Me da besos en la mandíbula y al llegar a mi oído me muerde el lóbulo derecho y murmura en un suspiro:

-No tiene porque saberlo, nos gustamos y punto.

 Betta es mi mejor amiga, no puedo, ella siente algo por él.
Lo aparto de un empujón y lo miro molesta.

-Lo siento, creo que no puedo. Es mejor que te vayas, no es bueno que te vean aquí.

Me mira y se apoya en la puerta con los brazos cruzados esbozando una sonrisa de medio lado. Tiene un brillo en sus ojos negros que no había visto antes.

-Lo harás, porque no puedes evitarlo – sentencia.


Abre la puerta y se va.


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