¡¡Hola!!
Ya estamos casi a mediados de semana y con más ganas de fin de semana que nunca.
Hoy os queremos ofrecer los cuatro primeros capítulos de nuestro libro: ''Perdida''.
Refrescaros la memoria si ya los habéis leído y si no es así, ¡Qué los disfrutéis!
Mañana el quinto capítulo, ¿qué pasará entre Alexander y Blake...?
PERDIDA
--- --- --- ---
El futuro vendrá para aquellos que
creen en la belleza de sus sueños.
1
-‘’Se les
comunica a los señores pasajeros con destino a Nueva York que el avión saldrá
en una hora.’ ’
- Uff… - pienso, por los pelos.
Un poco más tarde y lo
pierdo. Menos mal que mi querida amiga Sofy es lo suficientemente responsable
como para espabilarme.
Aún voy dormida y bastante
nerviosa. Es la primera vez que viajo sola en avión y a un sitio totalmente
desconocido para mí.
Desde que vivo en
Brighton, Inglaterra, no he viajado mucho y no por falta de dinero, sino por
otro tipo de problemas: Familia. ¡No! Digo para mí, ahora no puedo pensar en
eso, me voy a vivir mi vida, una nueva vida con mi mejor amiga a... ¡Nueva York!
Aún no lo creo, pero así
es, voy a por un futuro inesperado que me sorprenda para bien, por favor.
Me despido de mi amiga
Sofy con un gran abrazo y alguna que otra lagrimita, me ha ayudado tanto que la
voy a echar mucho de menos.
Le digo que nos veremos pronto
y con su vocecita de pitufa que tanto me gusta, me dice que por supuesto vendrá
a verme, pues sabe que yo por Brighton no voy a aparecer en mucho tiempo.
Me voy ya, estoy
preparada. Vamos, Nueva York me espera. Me animo en voz baja.
Me revisan el pasaporte y
me preparo para recorrer el pasillo estrecho que me lleva al avión.
Me siento en el asiento
número 28. Estoy nerviosa pero intento disimular, no quiero que piensen que con
la edad que tengo es la primera vez que viajo en avión.
El viaje se me va a hacer
eterno.
A mi lado se sienta una
pareja de ancianos, me dan ternura, se ve que se adoran ¡que envidia!
Como soy habladora me
presento:
-Hola, Soy Blake.
Me contestan en
alemán. Vaya, a mí que no me saquen del
inglés.
Me coloco los cascos de mi
Ipod y me queda dormida.
Para cuando me despierto
ya estamos en Nueva York.
Me asomo por la ventana y
me sorprendo al ver como una ciudad tan grande puede parecer tan pequeña desde
estas alturas. Tengo miedo, creo que me voy a perder entre sus calles, pero
menos mal que en el J.F.K me espera mi amiga, a la que tanto he extrañado y por
la que estoy aquí, Betta. La adoro y ella a mí.
-Señores pasajeros
abróchense los cinturones, se les comunica que en unos minutos aterrizaremos en
el aeropuerto internacional J.F.K de Nueva York.
Que nervios más tontos que
tengo.
Cuando bajo del avión no
sé a dónde mirar, hay muchísima gente. Me paro en la cinta por donde salen las
maletas y me rio. Me recuerda a tantas películas que he visto, pero me viene una
a la cabeza: Solo En Casa. Uff mal rollo.
Cojo mi maleta a toda
prisa y me paro. ¿Ahora qué?
Llamo a mi amiga, suena
dos veces y contesta:
-¿Dónde estás? – dice con
voz cantarina.
Yo respondo:
-En el aeropuerto ¿y tú? –
río.
-En la entrada principal,
sal, me verás rápido.
Vale, voy a ver si la
encuentro. Salgo a toda prisa e intento esquivar a todos los que se cruzan en
mi camino hasta que llego a la entrada y allí esta mi querida amiga Betta.
Abandono la maleta y las
dos echamos a correr hasta abrazarnos, no me lo puedo creer, estoy en Nueva
York y con mi mejor amiga.
--- --- ---
Esta primera semana en
Nueva York ha sido fascinante. No hay nada como el Upper East Side.
Decido empezar a mandar CV
y poder encontrar un buen trabajo rápido, no me puedo quedar de brazos
cruzados.
Betta trabaja en VOGUE y
yo deseo que pueda conseguirme un puesto como editora.
Sentada junto a la barra de la enorme cocina, me suena
el móvil, es ella.
-¿Blake? A que no sabes lo
que he conseguido yo, la mejor amiga del mundo, ¿eh?
-No lo sé, pero espero que
sea lo que estoy pensando – por favor que sea el puesto.
-¡Eres la nueva editora de
VOGUE!
Lo que hacen los enchufes
y un movimiento de caderas de la señorita Bethany Evans no lo hace nadie.
¿Quién se podría resistir a una rubia de casi metro ochenta, ojos verdes y
bronceado perfecto? Evito preguntarme como lo ha conseguido, disfruto de la
noticia.
-¿Qué te parece si lo celebramos esta noche? – su voz
me saca de mis pensamientos.
-¡Por supuesto! Sabes que
yo no diría no a una fiesta.
Listas para salir y
enfundadas en unos gloriosos vestidos de diseño, nos disponemos a salir a la
noche Neoyorkina.
Acabamos en uno de los
locales de moda. ¿Cómo entramos? Tampoco me quiero preguntar como lo ha
conseguido mi amiga.
El pub es amplio, de dos
plantas y decorado cuidadosamente en tonos rojos.
Nos dirigimos a la barra
donde empiezo a aburrirme debido a que Betta habla alegremente con un hombre al
que acaba de conocer.
Me dispongo a ir al baño a
retocarme cuando tropiezo con alguien. Y vaya alguien…
Es el hombre más guapo y
atractivo que he visto en mi vida.
-Lo siento – dice.
Solo con esas palabras y esa voz ya habría
sido suya, pero lo encuentro mirando detrás de mí, a Betta. Demasiado guapo
para ser cierto, pienso y más desconcertada que en toda mi vida, retomo mi
decisión de ir al baño y despejarme un poco.
Me miro al espejo. Estoy
un poco acalorada, hay demasiada gente, pero me sorprendo al ver que me
favorece ese pequeño toque de rubor en la cara. El pelo lo llevo o lo
‘’llevaba’’ en tirabuzones aunque no está tan mal ahora, el rímel un poco
corrido lo limpio con una toallita, así resaltare más el color avellana oscuro
de mis ojos.
Cuando voy a salir entran
dos repipis muy arregladas de más para mi gusto y comienzan a hablar de alguien
a quien conozco.
-¿Has visto a la rubia de
la barra? – dice la repipi morena.
-Sí, ¿Cómo puede ir con
ese descaro, teniendo al que quiera? – contesta la repipi número 2.
Pero que envidiosa que es
la gente. Paso por delante de ellas y me observan de arriba abajo y cuando
estoy para salir, me contoneo y les digo:
-¿Os gusta lo que veis?
Me entra la risa y salgo
corriendo del baño. Creo que los Gin Tonic me están afectando, pero Betta aún
sigue hablando con el moreno cachas y yo aburrida decido pedir otro cubata y
salir a la pista de baile.
La noche se pasa volando,
creo que no he bailado más en toda mi vida.
A la mañana siguiente
estoy como si me hubiese pasado un camión o mejor dicho un tren por encima.
Que dolor de cabeza, de
pies y en definitiva de todo.
Me desperezo en la cama y
a regañadientes me levanto como puedo, como no me obligue a mí misma, soy capaz
de pasarme así todo el día.
Me pongo una camiseta
ancha, de esas de propaganda, no es el mejor pijama pero sí el más cómodo.
Cuando llego a la cocina
veo a Betta muy arreglada. ¡Pero si es domingo!
Me mira y me dice con una
sonrisa:
-¿Qué tal la nueva
editora?
Es verdad, soy la nueva
editora de VOGUE. Me entra la risa y empezamos a hablar de cómo será mí día a
día.
Estoy deseando que sea
lunes.
Betta va a ir con el chico
que conoció ayer en el pub, que sonrisita de tonta tiene.
-Se llama Christopher, es
entrenador personal – me dice.
-Vaya, la verdad estaba
bastante cachas, ¿es simpático?
-A mi me gustó y además,
viene a buscarme en su jaguar – lo último lo dice gritando, creo que me ha
perforado un tímpano.
Me alegro por ella, con su
última relación no le fue muy bien.
Tocan al timbre y sale
disparada, coge su bolso de un tamaño considerable y mandándome un beso sale
por la puerta.
Decido aprovechar la
mañana del domingo para ordenar un par de cajas que me quedan de la mudanza,
parece que no se acabará nunca.
Encuentro recuerdos que no
se si quiero conservar, pero aún así los empaqueto de nuevo y los dejo
guardados en el fondo del vestidor.
Algún día sabré que hacer
con ellos.
Por la tarde, para no
pensar en nada, me enfundo el chándal y salgo a correr, ver pasar a gente y el
aire –no muy fresco, pero aire al fin y al cabo- me distraerán.
Voy a dar una vuelta por
el sitio donde mañana empezaré a trabajar, este se encuentra a más de una hora
y media corriendo de donde vivo, tendré que coger taxi.
La sede de VOGUE USA se
encuentra en el edificio Condé Nast, en Time Square. Todo es de cristales y es
bastante alto, majestuoso como lo que guarda en su interior.
Me paro un poco más atrás
de la acera para tomar una foto con mi Smartphone, cuando de repente alguien tira
de mí y me hago daño en el pie, auuh.
Estoy en los brazos de un
hombre y no doy crédito a lo que veo, es moreno, altísimo, ojos oscuros, barba
incipiente y traje gris oscuro con corbata negra.
Me mira… me mira… me
escanea con la mirada y de repente me suelta:
-¿Estás bien? – este
pedazo de hombre me está hablando y yo con la boca abierta.
Observo que lleva maletín,
¿trabajará por aquí?
-Sí, bueno, un poco
dolorida del pie, pero se me pasará – esbozo una sonrisa tímida, estoy muy
nerviosa y poco acostumbrada a hablar con hombres, la verdad.
-Ten más cuidado, Nueva
York es peligroso si te paras en mitad de la calle.
Madre mía, estoy
alucinando y yo con estas pintas.
-Em, lo siento, tengo
prisa, cuídate el pie – esboza una sonrisa tímida que hace que me olvide hasta
de mi nombre.
No me sale ni una palabra.
-Gracias – consigo soltar.
Miro hacia abajo,
avergonzada y para cuando vuelvo la vista al frente, él ha desaparecido.
Pero bueno, ¿Qué hacía en
traje en domingo? Parece que aquí la gente no descansa.
Vuelvo a recordar su
fabuloso rostro y espera, una cara así no se olvida, ¡es el hombre de ayer! Qué
pequeño es el mundo.
Salgo de mi ensueño, me lo
recuerda mi pie dolorido y el dolor de cabeza de esta mañana que ha vuelto,
será mejor que regrese a casa y descanse un rato.
Al llegar Betta ya está de
vuelta. Es casi de noche.
-Hola, pensé que pasarías
todo el día fuera y parte de la noche – sonrío.
-Se me olvidó decirte que
hoy tengo otra cita, un pez gordo, Alexander Kors – levanta una ceja y se le
corta la respiración nada más que decirlo.
Betta, puf, que suerte
tiene, podía estar con el hombre que quisiera con solo chasquear los dedos. Yo…
bueno, yo con mi 1’70 de altura y mi no cuerpo de modelo, sino con curvas, si
salgo con ella no tengo mucho que hacer. Ella sí parece modelo de Victoria’s
Secret. Pero que se le va a hacer, yo no pienso en eso, solo en que ahora en
adelante conseguiré lo que me proponga.
-¿Sales con dos tíos a la
vez? – mi voz suena irónica.
-Sí, ¿por qué no?
Christopher para pasar el rato, pero Alexander… uf, no hay quien se resista a
él, además como le sientan los trajes…
Que me lo digan a mí, digo
para mí misma.
Betta se apoya en la
encimera mirando al infinito.
En ese momento tocan al
timbre.
-¿Puedes abrir, Blake?
Todavía no he acabado.
Me dirijo a la puerta y
digo al portero que si es el señor Kors puede pasar.
Abro la puerta y espero.
Mi cara es un jeroglífico, no puede ser, ¡es el hombre-adonis del pub y de esta
tarde! No lo puedo creer.
Tiene el mismo aspecto de
hace unas horas, impecable, seductor y arrebatadoramente guapo.
Viste el mismo traje, pero
mantiene la chaqueta en el brazo. Pienso que a nadie le sienta tan bien un
traje como a este hombre.
-¿Otra vez usted? – me
mira con sus profundos ojos y una sonrisa que no deja mucho que ver.
Al ver que no respondo,
dice:
-¿Esta Betta?
-Oh, si si, en seguida
viene, yo soy Blake, Blake Solfman, su amiga y compañera de piso, encantada. –
joder, ¿Qué hago yo ahora? Que corte.
-Alexander Kors – alza su
mano hacía a mí, estrechándola firmemente, su contacto es suave y no quiero
soltarla –igualmente señorita Solfman.
Mi respiración es
acelerada y mis pensamientos van y vienen. Tengo el pelo horrible y encima
estoy descalza, por no hablar de mi cara resacosa.
Pero nada de esto importa,
porque cuando aparece Betta a mis espaldas, el corta toda visión conmigo y sin
una palabra más salen por la puerta, dejándome muda en el recibidor.
Salta, y
deja que te crezcan alas en el camino hacia abajo.
Ray Bradbury
2
Ya no recordaba lo que era
madrugar.
¡Buenos días Nueva York!
Hoy es mi primer día de
trabajo y quiero llegar un poco antes.
No he visto a Betta desde
ayer, así que no sé cómo fue su cita… me quito eso de la cabeza y me voy a mi
enorme vestidor.
Mi gran pasión es la moda,
es en lo único que me gasto parte de mi pequeña fortuna.
Al final me decanto por un
vestido ajustado hasta la cintura, con print floral y unas cuñas rosa a conjunto.
Suelto mi pelo castaño recién lavado y lo seco un poco, lista para mi primer
día.
Cojo el Ipad y me dirijo a
la cocina.
Como imaginaba, Betta no
está y no me preocupo, es típico en ella y además su mensaje decía: ‘’no me
esperes despierta ;) ‘’
De camino a las oficinas
de VOGUE me doy cuenta de lo nerviosa que estoy.
Cuando entro, voy a
recepción y me indican donde ir.
Mi planta es la más alta
del edificio, la 48.
Mi mañana transcurre entre
saludos, indicaciones y más saludos, el ambiente es muy agradable.
Es la hora de comer, así
que saldré a una cafetería que he visto esta mañana en frente.
Cojo mi bolso y antes de
que haya salido, Betta está apoyada en el marco de mi puerta con una enorme
sonrisa.
-Vaya, vaya…la chica
perdida ¿Qué tal tu cita? – digo levantando una ceja con una sonrisa.
Ella se ríe y contesta:
-En verdad no era una
cita, es solo para pasar el rato, pero si fuese a más no me importaría –
resopla.
Me quedo boquiabierta.
-Venga, te invito a
almorzar y me cuentas.
Salimos a la cafetería y
nos tomamos algo, pero como a mí me ruge el estomago, vamos a un restaurante
hindú que hay cerca. La comida es fantástica y me cuenta sin omitir detalles
como es el señor Alexander Kors en casi todos los ámbitos. Yo callo y escucho
hasta que termina.
-Yo ya lo conocía – le
digo.
Me mira con cara rara y yo
me río.
-Me choqué con él este sábado pasado – doy un sorbo a mi
Nestea.
-No me lo habías contado.
-No nos hemos visto mucho
desde entonces Betta.
Ella se ríe y dice:
-Tienes razón.
Pasada la hora y media del
almuerzo, volvemos a la oficina. Ella se queda dos plantas más abajo y yo sigo
mi camino hasta la planta 48.
Entro en mi despacho y
cierro la puerta a mis espaldas apoyándome en ella, no sé si me encuentro mal
por la comida o por lo que me ha contado de ese hombre. Aunque parece que está
claro que es por la segunda opción.
Miro alrededor los grandes
ventanales de cristal que van de techo a suelo, una vista inmejorable de la
ciudad. Estas ventanas además dan al edificio de en frente, peligrosamente
cerca, pienso.
Me quedo observando y lo
que veo me deja sin respiración.
Es un despacho enorme,
diría que ocupa parte de esa planta. Se abre la puerta de este y entra un
hombre, tira la americana color azul noche al sofá y se desabrocha los puños de
la camisa y los botones del cuello. No lleva corbata y se le ve acalorado.
Me fijo bien y como no,
por si fuera poco ¡es él!
Alexander Kors.
No me lo puedo creer, sale
un segundo de mi mente para materializarse en el edificio de al lado.
Madre mía, que calor me
entra por el cuerpo cuando veo que se acerca a la ventada que está justo en
frente y me observa.
Doy un respingo y descubro
que estoy totalmente pegada al ventanal y con las manos apoyadas a cada lado de
mi cuerpo sobre el cristal.
Me quiero morir, que
vergüenza.
Me recompongo enseguida y
me siento en mi silla dándole la espalda, no me atrevo a mirar hacia atrás, no sé
si seguirá mirando.
Intento concentrarme las
horas que me quedan de trabajo y lo consigo a medias.
Cuando recojo mi mesa y me
voy a marchar, me permito una miradita hacía el ventanal, pero ya no hay nadie
en el otro despacho, creo que siento decepción y no lo entiendo.
Será mejor que me vaya.
El segundo y tercer día de
trabajo transcurren normales y sin saber nada del señor Kors.
Cuando llego a mi
apartamento el miércoles descubro que soy más despistada de lo que pensaba, me
he dejado las llaves en el despacho. Me maldigo en silencio.
Toco y toco pero Betta no
está ¿ahora qué hago?
Estoy a punto de sacar mi
móvil para llamarla cuando la puerta del apartamento contiguo se abre y aparece
un hombre impresionante.
Es fuerte, alto – no tanto
como Alexander, del cual parece que empiezo a tener obsesión – pero su metro
ochenta no se lo quita nadie. Tiene el pelo entre castaño oscuro y bronce, ojos
verdosos y muy rasurado, aparte de una sonrisa que quita el hipo.
-Hola – dice.
Respondo igualmente, con
un tímido ‘hola’.
-¿No entras?
-Aún no lo sé, no tengo
las llaves – que vergüenza por dios.
Me mira y vaya ojos
expresivos que tiene
-¿Vives con Betta verdad?
–Asiento – no te preocupes, a ver si puedo hacer algo- me dice con una sonrisa
y entra en su casa, dejando la bolsa de deporte a que llevaba a un lado.
Me asomo a la puerta,
curiosa. El apartamento se parece bastante al mío.
Cuando sale me dice:
-Llevas poco tiempo aquí,
¿no?
-Sí, soy Blake Solfman,
encantada.
-Yo David Millers,
encantado - ¡que sonrisa tiene!
Miro su bolsa de deporte.
-Lo siento, no quería
hacerte perder el tiempo, ibas a salir- me disculpo.
-No te preocupes, siempre
hay tiempo para ir al gimnasio, pero ¿hacer que una chica guapa entre en su
casa? Eso no pasa todos los días.
Me río como una tonta,
mientras el abre la puerta con una especie de alambre grueso.
¡Si lo llego a saber, me olvido las llaves antes!
Despertó pensando en él y
siguió soñando
despierta.
3
Estoy saliendo de la ducha
y tocan al timbre.
Betta no está, así que
cojo una toalla, me la coloco alrededor y me dispongo a abrir.
Seguramente es ella,
porque que yo sepa es la única aparte de yo que tiene acceso.
Excepto…
¡Dios mío! Abro la puerta
y me encuentro a Alexander Kors vestido con ropa de deporte y sudoroso, frente
a una yo cubierta solo por una toalla y todo el pelo mojado cayendo sobre mis
hombros.
No decimos nada, él se
acerca rápidamente y me agarra por la cintura. En una abrir y cerrar de ojos me
besa apasionadamente.
Sus labios son sutiles y
calientes. Él es caliente.
Yo me dejo llevar y
olvidándome de la toalla, alzo las manos a su pelo oscuro.
Sus manos también se
mueven, me recorren el pelo mojado y ahora que no hay toalla, también el
cuerpo. Son rápidas pero muy cautelosas.
Me levanta en volandas
moviéndose hasta el salón donde caemos sobre el sofá, el sobre mí, trasmitiendo
todo su calor.
Nuestros ojos se
encuentran. Sus profundos y oscuros ojos me observan como si no hubiese nada
más, haciéndome sentir pequeña.
Continúa besándome, los
labios, el cuello y sigue su recorrido hasta abajo, donde se encuentra con mi
pecho, lo muerde, lo chupa, los estimula y siento mi cuerpo entregándose a la
pasión que el suyo irradia.
Atiende mi otro pecho y
sus besos bajan hasta mi vientre, más abajo, más abajo…dirigiéndose a mi punto
débil cuando…
¡No soporto el maldito despertador!
Me quito la sábana de
encima, pero cuando recuerdo mi sueño me vuelvo a tapar, abochornada.
Yo nunca había soñado algo
así.
Salgo de la cama a
regañadientes y me voy al baño, quiero echarme agua por la cara o a lo mejor
meterla en el lavabo.
Cojo el cepillo de dientes
y mientras me cepillo, pienso mirándome al espejo e intentando olvidar mi
fantasía de la noche.
Entro en VOGUE, ya un poco
más tranquila.
Subo al ascensor y saludo
a un par de personas que reconozco. Estoy a punto de entrar en mi despacho
cuando me viene a la cabeza mi sueño. De repente mi temperatura corporal se
eleva.
Me tranquilizo a mí misma
diciéndome en voz baja:
-Solo ha sido un sueño, un
sueño…
La luz a estas horas es
preciosa y la ciudad se ve totalmente increíble.
Me quedo observando el
paisaje, pero mis ojos revolotean hasta el edificio de en frente y ahí está él.
Me noto más acalorada que
antes y agacho la mirada, mirando una carpeta que tengo sobre las manos, ni me
percato de que esta está del revés. Vuelvo a levantar la vista, no tengo por qué
avergonzarme.
Alexander acaba de salir
de una habitación que se encuentra en su enorme despacho. Al verme su expresión
cambia y yo instintivamente me doy la vuelta y respiro hondo. Cuando vuelvo a
girarme, él ya no está, en su lugar observo una gran cortina de un gris oscuro
que tapa toda la extensión de su despacho.
Me siento mal conmigo
misma, por mi sueño, por mirar tanto…
Cojo el té de mi bolso,
tomo un sorbo y me dispongo a comenzar con mi primer encargo como la nueva
editora de VOGUE.
El resto de la mañana pasa
rápido. Me encanta mi trabajo, debo volver a agradecerle a mi amiga el puesto
otra vez.
En mi pequeño descanso por
la tarde la llamo, ya que no está en su despacho.
-¡Hola editora! ¿Qué tal
vas? – suena alegre, como siempre. Hace que me suba el ánimo.
-Hola, ¡pues fantástico!
Gracias otra vez ¿y tú? ¿Dónde estás?
-Pues haciendo unos
últimos encargos para el número de Agosto – Betta es la directora creativa – Oye,
tengo una oferta para ti.
-¿De qué se trata? – viniendo
de ella espero que sea algo divertido.
-Pues es una cena. Con
Alexander…- deja la frase en el aire.
-Díme ¿A dónde quieres
llegar? – no me gusta el giro que ha dado la conversación.
-A ver, sería una cita de
parejas, tú, yo… Alexander y… te buscaré a alguien, ¡tranquila! Solo quiero que
conozcas a Alexander y él a ti, es tan agradable… - suspira.
-¿Es obligatorio? – la
verdad es que por qué no, me apetece deleitarme con el hombre-adonis.
-Rotundamente sí.
-Bueno, si insistes… pero
yo llevo a mi pareja.
-¿Y eso? ¿Conoces a
alguien? – su tono de voz pasa a ser interesado.
-Un poco, sí. Debo volver
al trabajo, hablamos luego y me cuentas. Un beso.
-¡Chao!
En cuanto cuelgo, pienso
en mi pareja, se lo diré al vecino, el muchacho tan guapo, David Millers.
Salgo de la oficina
directa a casa. No me paro con nadie, tengo prisa.
Llego un poco agotada, he
subido por las escaleras y el calor es insoportable y pegajoso.
Una vez en la puerta del
apartamento de David, me paro y pienso en que decirle, ¿y si no puede? O peor
¿y si no quiere?
He hablado un par de veces
más con él. Espero que le apetezca.
Suspiro y decido tocar al
timbre y que pase lo que tenga que pasar. Responde una voz muy marcada desde
el interior, muy masculina, es David.
Abre y me quedo embobada.
Solo lleva puesto un
pantalón del pijama color negro un poco por debajo de las caderas. Se le marca
la v de los músculos, madre mía, que torso.
Me mira y sonríe, debo
haber sido un poco descarada.
-Hola, David – digo un
poco con la respiración agitada.
-Hola, Blake – me responde
- ¿quieres pasar?
-No, gracias. Solo quiero
hacerte una pregunta rápida, para este sábado por la noche…
-Sí, tú dirás – sonríe.
-¿Te apetecería venir a
cenar con mi compañera de piso, es decir, Betta y… un amigo suyo? – no quiero
decir novio, no quiero que piense que es en plan cita.
Me quedo observando y noto
como me mira a los ojos sin bajar la mirada y al rato responde:
-Claro que voy, ¿paso a
recogerte? – me dice con una risilla pícara y mirando la puerta de mi
apartamento.
--- --- ---
La semana pasa rápido y
ajetreada.
No he vuelto a ver a
Alexander en la ventana de su despacho, aunque con esas cortinas ¿qué voy a
ver? Creo que estoy un poco triste por eso, pero no debería, es el chico de mi
mejor amiga.
A David me lo he
encontrado por las escaleras casi todos los días, me he dicho que nada de
ascensor, es un tercero, no es tanto.
Él es muy simpático y hace
mucho deporte.
Me ha dejado caer en
varias ocasiones que vaya con él al gimnasio e igual lo hago, llevo bastante
tiempo queriendo ponerme en forma.
Siempre que lo veo me
alegro el día, transmite esa felicidad.
Le dio tres opciones:
La besaba,
Lo besaba
O se besaban.
4
El sábado amanece soleado
en Nueva York y eso me encanta. Mi ánimo está por las nubes.
Me levanto y desayuno,
Betta aún está dormida. ¿Qué hora es? Miro el móvil, las 8:00 en punto, que madrugadora.
¿Serán nervios? No me extrañaría, porque quiero ver a Alexander. Me ha
afectado.
-¡Buenos días! – dice
Betta casi cantando, está más alegre que de costumbre.
Le respondo igualmente con
una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Me vas a decir quién es
el afortunado que te va a acompañar esta noche? – pregunta levantando las
cejas, expectante.
-Creo que lo conoces, pero
ya verás luego – le guiño un ojo y me mira ceñuda.
Se da por vencida o eso
creo, aunque me conoce y sabe que no me va a sonsacar nada.
Una vez desayunamos,
decimos ir a un salón de belleza y hacernos la cera, en fin, arreglarnos un
poco. Hace tiempo que no me regalo un capricho así.
Para comer decidimos ir a
un restaurante mexicano, ¡me encanta la comida mexicana!
No paramos de sonreír,
juntas nos lo pasamos muy bien.
Cuando llegamos a casa,
decido ir a la ducha, pero antes llamo a David para concretarle la hora a la
que debe pasar a recogerme.
Hemos quedado a las nueve
y son las seis y media, tengo que arreglarme ya.
Me ducho y me voy al
vestidor.
Decido que quiero estar
rompedora, como diría Betta. Me pongo unas medias de liga, muy sexis y un
conjunto negro de encaje precioso y algo atrevido. Me enfundo un vestido color
vino tinto, corto y de tirantes con un maravilloso escote en la espalda en forma de pico, mis
zapatos, un capricho muy caro, mis Jimmy Choo negros comprados con mi primer
sueldo, a conjunto con un bolso de mano imitando la piel de serpiente a la
perfección con cadenas en dorado.
Me recojo el pelo en una
cola llena de tirabuzones, me maquillo de una forma sencilla y natural, un poco
de base, raya, rímel y mi pintalabios rojo que no falte.
Salgo al salón y me quedo
petrificada cuando veo a Betta, con un vestido verde lima hasta el suelo de
estilo griego, impresionante. Lleva el pelo liso con un pequeño pasador que le
da un toque muy dulce.
-¡Estas rompedora Blake! –
me dice mirándome con una expresión de incredulidad.
-Pues tú no te quedas
atrás – le digo riéndome.
Me acuerdo de que me he
dejado el móvil en mi cuarto y voy a por él.
Tocan al timbre y oigo que
entra más de una persona.
-Hola, me he encontrado con
David en la puerta. Es la pareja de Blake – dice Alexander.
Ya no me acordaba de esa voz tan excitante.
-Hola, Betta – dice David.
Ella me llama:
-¡Blake ya están aquí,
sal!
Voy a toda prisa y me paro
en seco al ver a los dos hombres más impresionantes que he visto nunca.
Ambos de traje negro sin
corbata, Alexander con camisa blanca y David de azul claro.
Noto que me miran de
arriba abajo y me sonrojo, que vergüenza.
-Hola – me saludan ambos.
-Estás increíble, Blake –
me dice David mientras se acerca a mí.
Sin apartar la mirada de
Alexander, que noto como me recorre el cuerpo sin miramientos.
De repente Betta suelta un
chillido de emoción y nos encaminamos hacia la puerta.
En la calle nos espera un
Aston Martin propiedad de Alexander y nos conduce hasta un increíble
restaurante en pleno Manhattan. Es italiano y ya tenemos mesa reservada para
cuatro, gracias al señor Kors.
El lugar es moderno de
colores fríos, azules agua y plateados. El ambiente es acogedor y sofisticado.
Mientras nos conducen a
nuestra mesa, Betta me dice al oído:
-Esta es una de las muchas
propiedades de Alexander.
Como no, pienso ¿y que no
tiene este hombre?
Nos acomodan en uno de los
reservados, mesas más elevadas a las del resto.
La cena está
transcurriendo de forma agradable y aunque mi pareja es David, yo no puedo
dejar de mirar a Alexander. Me dirige miradas cortas y siempre me pilla cuando lo miro.
-Disculpadme, tengo que ir
al baño- iré a retocarme el maquillaje y a despejarme un poco.
-Te acompaño- dice Betta.
Nos levantamos, pero
termino en el baño yo sola, porque ella se ha encontrado a un conocido.
Me pinto los labios de
nuevo y me aprieto la coleta.
Estoy saliendo del baño
cuando de repente alguien me coge por la espalda.
Todo sucede muy rápido. En
menos de un segundo estoy contra la pared y con Alexander frente a mí con una mano
a cada lado de mi cuerpo, aprisionándome.
Mi respiración es
irregular.
Me observa con sus
profundos ojos. Abre su maravillosa boca y hace ademan de acercarla a la mía,
yo giro la cabeza y el coge mi mandíbula con sus largos dedos.
-Se que lo estas deseando-
su voz es firme, pero yo juraría que su respiración no lo es tanto.
- No estés tan seguro. Yo
nunca haría algo así a Betta- y sin pensarlo dos veces, paso por debajo de sus
brazos.
No sé qué hacer, soy un
flan, estoy nerviosa e intento aclarar que si lo que ha pasado ha sido cierto o
yo me lo he imaginado.
Decido no comentarle nada
a Betta, será lo mejor.
Cuando llego a la mesa
están todos.
Durante el resto de la
noche, Alexander no vuelve a mirarme. En mi interior siento una punzada de
decepción.
Al llegar a casa, David me
invita a tomar algo a su apartamento.
La estancia es moderna y
se nota que vive solo.
Me invita a sentarme.
-¿Qué te gustaría tomar?
Su sonrisa es dulce y muy encantadora.
Aunque sin quererlo mis
pensamientos van hacia otra dirección, reviviendo el aliento de Alexander sobre
mi cuello.
-Vino blanco, si tienes.
-Claro, buena elección –
saca una botella del moderno frigorífico y sirve dos copas.
Viene hasta el sillón y me
acerca una. Se sienta muy cerca de mí y posa su mano sobre mi rodilla. Su tacto
es suave y no me disgusta.
-¿Qué tal tu vida en Nueva
York? ¿Echas de menos a tu familia? – me pregunta.
-Bueno, por ahora me
encanta. De mi familia mejor no hablar.
-¿Por qué? – parece
interesado y me mira con los ojos muy abiertos.
- Era adoptada, peros son
demasiados problemas que no quiero desenterrar – miro a mis manos nerviosa.
Estoy bastante incómoda.
-Todos tenemos un pasado,
venga, confía en mí – me mira con una media sonrisa.
Pero yo estoy dispuesta a
no seguir con esa conversación.
Como no quiero ser
grosera, le intento sacar otro tema:
-Em… y tu… esto – joder,
no sé qué decirle. Parece que se apiada de mí y habla.
-¿Tienes novio? – sonríe.
Niego con la cabeza y sin
dejarme hablar se abalanza contra mi boca.
Por un momento pienso en
pararlo, pero lo sigo y nuestras lenguas comienzan a unirse, no me desagrada.
Posa sus manos en mis
hombros y baja por mi espalda, me tumba en el sillón.
Quiero abrir la boca para
decirle que no siga, pero él me calla con la suya, me besa desesperadamente y
muy brusco. Sus manos antes delicadas por mi espalda ahora buscan aceleradamente
la cremallera y yo lo separo.
Él me mira confundido.
-Lo siento, pero esto va
muy rápido – digo.
Al principio parece
enfadado, pero me mira y esboza una media sonrisa.
-No importa – resopla y se
aparta de mí.
Le digo que es tarde y me
voy a casa.
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El lunes por la mañana
estoy contenta.
Elijo ropa atrevida y
salgo a las calurosas calles de Nueva York.
El domingo hablé con David
y todo está bien entre nosotros. Incluso puede que me apunte con él al
gimnasio.
Entro en mi despacho e
instintivamente lo primero que hago es mirar al edificio de en frente. Estoy
alucinada, aunque el motivo no es tan grandioso, es si no que le señor Kors ha
retirado las cortinas y se encuentra trabajando en su gran mesa de cristal
mientras habla por teléfono aflojándose la corbata.
Nuestras miradas se cruzan
y por primera vez, él me sonríe. Su sonrisa es torcida y un poco tímida.
Yo le correspondo y me
siento en mi mesa. Me doy la vuelta y me sorprendo al ver que continúa mirando.
Me sonrío a mí misma, este
hombre puede conmigo.
Recibo un mensaje de David
a media mañana, le respondo y le pregunto si irá al gimnasio. Me siento con
energía para empezar hoy.
Quedamos en vernos a las 7
en un gimnasio cerca del centro. El gimnasio es antiguo pero muy bien equipado.
La tarde transcurre rápida
y llena de ejercicio.
Llego a casa exhausta. Ha
estado bien pasar un rato con David.
Se me cae la cara al suelo
cundo estoy sacando los llaves y me dispongo a abrir la puerta, me abre
Alexander.
Mi expresión debe ser todo
un poema, no sé cómo reaccionar.
-Hola, Blake ¿pasas?
Me saluda con una sonrisa
que haría que se derritiese el mismísimo polo norte.
-Hola – digo.
Paso a toda prisa, vaya
pintas.
-Estaba con Betta pero ha
salido a hacer unos recados, me ha pedido que la espere – dice con expresión
seria pero un poco divertida, diría yo.
Me quedo mirándolo como
una tonta.
-Claro, espero que no
tarde mucho. Yo voy a ducharme y cambiarme, en seguida salgo – me voy a toda
prisa a mi habitación. Siento como me sigue.
-Espera, Blake – grita a
mis espaldas.
Me quedo justo en frente
de la puerta de mi cuarto, me vuelvo y digo:
-Dime – espero expectante.
Se coloca delante de mí y
con una mano que yo miro de soslayo, abre la puerta y me invita a pasar.
-¿Estas saliendo con
David? – me pregunta directamente, serio.
No sé que responder a eso
¿A qué viene?
-No, no se le puede llamar
salir, somos amigos.
-Con derecho a algo más…-
dice de repente.
Eso me molesta.
-Pues sí – miento enfadada
- ¿te molesta?
Noto como no aparta la
mirada de mis labios. Estoy absorta.
Se acerca lentamente y voy
retrocediendo hasta que me topo con la cama y caigo de espaldas sobre ella.
Él se va arrastrando por
encima de mí, hasta que lo tengo a pocos centímetros de mi boca.
Pega su boca a mi oído y
dice muy despacio, con una voz mezcla de rabia y erotismo:
-Pues sí, claro que me
molesta ¿no te has dado cuenta?
No es una pregunta, es una
afirmación.
Sin esperarlo, apoya su boca en la mía, saca su
suave lengua y la pasa por mis labios. Justo cuando va a besarme oímos que
abren la puerta.