viernes, 15 de noviembre de 2013

Noveno Capítulo de ''Perdida''.

¡Holaaaa!

Feliz viernes a tod@s, espero que hayáis tenido una buena semana y por lo pronto ahora toca disfrutar del fin de semana.
Ayer no pudimos subir el noveno capítulo, pero hoy sin falta aquí lo tenéis lleno de sorpresa y esperemos que os guste, además este es un poquito cosa que seguro os alegra.

La canción de hoy se llama September, ya tiene su tiempo pero para las buenas canciones no hay modas, y está es buena de verdad ;)
Un beso enorme queridos lectores.




Hay un tiempo para dejar que sucedan las cosas, y un tiempo para hacer que las cosas sucedan.


9


Estoy muda sobre la cama y llena de asombro.
No puedo creer lo que acabo de hacer.
Instintivamente me tapo los pechos. Joder, no me puedo creer que los haya visto.
Busco por la cama y entre las sábanas revueltas mi sujetador. Lo encuentro en el suelo y me lo pongo.
Acto seguido busco mis braguitas, pero al cogerlas observo – un poco sorprendida – que están rotas. Bueno, me pondré los pantalones sin más.
Mientras me visto, escucho la ducha y siento un fuerte impulso de entrar y tirarme sobre Alexander.
Desecho esa idea de mi cabeza, si ha cerrado la puerta será por algo, tendré que contenerme por esta vez.
Recojo todas mis pertenencias.
Estoy colgándome el bolso cuando se abre la puerta del baño.
Lleva una toalla a la cintura y el cabello húmedo. Siento que yo también me pongo húmeda.
Este hombre me deja sin palabras y sin sentido. Me lanzaría a él sin pensarlo dos veces.
Me mira y me estudia con una mirada que no puedo descifrar. Al final decido hablar y digo:

-Me marcho.

-¿A dónde? – su voz es helada, sin nada que transmitir.

-A casa, es tarde y… no debería haber venido – miro por el ventanal y ya es entrada la noche.

-¿No te ha gustado? – noto un poco de diversión en su voz, aunque no sé si me lo he imaginado

Se apoya en el marco de la puerta y cruza los brazos. Estos se flexionan y a mí se me abre la boca.

-No es eso… ha sido increíble, pero ya te lo he dicho, entre nosotros no puede pasar nada más – digo y me dio la vuelta pero con el sonido de su voz me giro.

-Blake, espera – da un paso adelante – no podemos dejar que algo o alguien condicione esto. Nos gustamos ¿para qué darle más vueltas?

Pestañeo incrédula.

-Betta es mi mejor amiga, no puedo hacerle esto, tú... tú le gustas de verdad y por primera vez desde hace tiempo, la veo ilusionada – miro al suelo, mirarlo a los ojos me deja tonta – algo así la destrozaría y a mí me destrozaría que ella dejará de ser mi amiga.

Resopla y se dirige al armario, rápidamente se coloca unos pantalones de pijama que le caen en la cintura, sin nada debajo y yo observo maravillada el espectáculo.
Sale del vestidor y cierra las puertas tras él.
Se acerca a mí, estamos a un metro de distancia y yo solo deseo alargar mi mano y tocarlo. ‘Contrólate Blake, contrólate’ me digo a mi misma.

-Blake, me gustas tú ¡Tú! No Betta – se pasa la mano por el pelo, frustrado. Yo no sé qué decir – quiero algo contigo, siento una atracción hacia ti que nunca había sentido por nadie.

-Alexander – digo con voz entrecortada – no hagas las cosas más complicadas de lo que son.

Me doy la vuelta y salgo de la habitación.


Llego al pasillo y no tarda mucho en alcanzarme. Me agarra del brazo y yo intento quitármelo de encima cuando se me cae el bolso al suelo.
Todo queda esparcido y yo, furiosa, me agacho a recogerlo. Resoplo mientras voy guardando las cosas. Alexander me ayuda recoger. Mientras cojo el móvil, este suena y la melodía de “ La vie en rose” nos envuelve.
Me tiro al suelo y me estremezco al ver que quien me está llamando es David.
Con el móvil en la mano no se qué hacer, Alexander me mira sin comprender, se arrodilla a mi lado e intenta quitármelo de las manos.

-No, no por favor- le digo suplicante entre sollozos- es David.

El móvil deja de sonar y yo me intento tranquilizar un poco.
No comprendo por qué tiene que aparecer ahora, otra vez.
Alexander me abraza y en murmullo me habla:

-No te preocupes, no te preocupes- mientras me acuna en sus brazos y varias lágrimas recorren mi mejilla.

El móvil vuelve a sonar pero esta vez Alexander no me deja ver quien llama, me lo arrebata de las manos y se levanta con una rabia que nunca había visto. Se lo coloca a la altura del oído y con los dientes apretados y la mandíbula tensa, pregunta:

-¿Qué quieres hijo de puta?- me mira mientras habla.

Yo no puedo contener mi miedo y me envuelvo las rodillas con los brazos.
No sé lo que David le cuenta, pero Alexander no para de dar vueltas mientras habla y lo insulta  con un desprecio que hasta a mí me sorprende.
La conversación termina con la amenaza de Alexander:

-No vuelvas a molestarla, o te las veras conmigo y entonces- se ríe pero es una risa siniestra- desearas no haber nacido- sentencia.

Me recorre todo el cuerpo un escalofrío. Alexander se sienta a mi lado y me da un beso en la cabeza mientras me abraza.

-¿Qué te ha dicho? – pregunto con voz temblorosa.

El me mira y se piensa su respuesta, veo la preocupación en sus ojos y finalmente dice:

-Sabe donde trabajas, que haces en tu tiempo libre y hora que tu y yo estamos juntos.

Miro a la nada, no me lo puedo creer.

-Ya ha salido de la cárcel- me dice mirando también un punto fijo a lo lejos – pero no te preocupes, no voy a dejar que te haga daño. Yo te voy  proteger- dice muy serio mirándome a los ojos.

Llegamos a mi apartamento, ha insistido en dejarme en la misma puerta. Yo no quería por si Betta está en casa, pero él insiste demasiado.
Abro la puerta de su Aston Martin y me agarra del brazo para detenerme.

-Solo te quiero decir una cosa- me mira serio, pero con una media sonrisa que hace que me derrita- tú eres la única que me ha llamado Alex.

Yo lo miro y me sorprendo, vaya aún se acuerda.

-Lo siento, no quería que te mo…- intento disculparme, pero me corta con un suave beso en los labios.

-No te preocupes, me ha encantado- y me da otro beso.

-De acuerdo- salgo del coche con una sonrisa increíble.

Me siento en las nubes.
Ya en casa, parece que no hay nadie. Las luces están apagadas, suelto el bolso en el sofá y me recorro los labios con los dedos como si pudiera sentir los labios de Alexander sobre los míos.
De repente algo me sobresalta, un sonido como de un sollozo que viene de mi habitación.
Corro a la cocina y cojo un cuchillo de los más grandes. Me dirijo a la puerta de mi cuarto y la abro muy sigilosamente, asomo la cabeza y bajo el cuchillo. Veo a Betta en la cama y todas mis cosas tiradas por todos lados.


Entro de golpe.

-¿Qué ha pasado? – pregunto asustada y corro hacia ella, pero me para con una mano.

 Me mira y tiene el rímel corrido y la cara manchada.

-¿De dónde vienes? -  lo dice con lágrimas en el rostro.

Estoy muy desorientada por todo lo que me ha pasado hoy. Pienso en mi respuesta un rato.

-Dando una vuelta, me aburría de estar aquí todo el día...-  no es del todo mentira, voy a continuar pero ella me corta.

-¡Blake, no me engañes!-  su furia es visible y se levanta haciendo que yo de un paso atrás – Christopher me lo ha contado todo, dice que Alexander y tu sois novios.

Levanta las manos en forma de asombro. No parpadea y espera impacientemente a mi contestación.
Respondo con más dureza de la que pensaba.

-Betta, tranquilízate ¿vale?- intento acercarme a ella – todo ha sido un mal entendido, Alexander creía que Christopher me estaba molestando.

Me quedo alucinada al comprobar que hasta yo misma podría creerme mis propias palabras y rezo porque ella las acepte también.
Parece que la aplacan un poco, yo suspiro un pelín aliviada y juntas y más tranquilas nos sentamos al borde de mi cama.
Me cuenta que Alexander tenía planes esa noche, así que llamo a Christopher para que la acompañara a la fiesta.
Este último le conto lo que había visto esa tarde: a Alexander y a mí, “siendo novios”.
Christopher ajeno a todo, le describió el beso sin rodeos mientras Betta escuchaba atentamente a que terminará.
La conversación va de mal en peor, las preguntas son cada vez más difíciles, no puede saber donde he estado esa noche, aunque ahora mismo me encantaría contárselo todo y aclarar hasta el mínimo detalle. Pero está demasiado enfadada y podría acabar en desastre.
Al final cuando siento que se acerca lo peor de todo, Betta levanta un dedo y me calla, diciéndome:

-Basta ya, me duele mucho la cabeza. Espero que continuemos con esta conversación- sin más que decir, se va y cierra la puerta sin ni siquiera mirarme.

Me quedo sentada, con la palabra en la boca. Miro la habitación, todo está hecho un desastre que se extiende hasta el vestidor y el cuarto de baño y yo estoy demasiado cansada para ordenar nada.
Voy a buscar a Betta, mi cuarto no puede quedarse así.
Sé que estaba muy enfadada, pero no creo que haya sido motivo suficiente para hacer eso.
Voy con paso decidido a su habitación y toco en la puerta un poco más fuerte de lo que pretendía.
Al ver que no responde, intento abrir, nada, cerrado con llave.
Más enfadada no puedo estar.
Vuelvo a mi desastrosa habitación, dando patadas a todo lo que encuentro a mí paso.
Me quito los zapatos y me tiro encima de la cama. No era consciente de lo cansada que estoy, pues en menos de cinco minutos me he olvidado de todo y me adentro en un sueño profundo.


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Me levanto de la cama y no hay nadie en casa, eso que es media hora antes que todos los días.
Recojo mi habitación desecha.
Mi enfado de la noche anterior se ha sustituido por calma y paciencia.
Parece que ha pasado un tornado, ¿en qué pensaba Betta?
Cuando acabo de ordenar, me arreglo rápido, voy con la hora justa.
Cruzo la puerta de la calle y un hombre trajeado junto a un Bentley negro me llama. Es mayor, con una sonrisa amable en los labios y levanta la mano para que me acerque.

-Señorita  Solfman, ¡espere! – me acerco curiosa.

-¿Si? – nunca antes lo había visto, pero él parece saber muy bien quién soy.

-Soy Lewis. Me envía el señor Kors para llevarla al trabajo.

Mi cara es un poema total. Se me abre la boca y se me abren los ojos.
El hombre, Lewis, abre la puerta trasera del espectacular coche invitándome a que suba.
Yo me quedo parada un rato, pero aclaro mis ideas rápidamente.

-Lo siento, pero llamaré a un taxi - ¿Qué se ha creído Alexander? Después de lo que pasó anoche con Betta, no quiero más problemas.

Yo puedo y soy capaz de cuidarme solita.
Dejando al chófer esperando a que me monte, me doy la vuelta y llamo a un taxi que para rápidamente. Me monto y no miro atrás.

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El día en la oficina se me hace eterno, aunque me guste mi trabajo, hay partes que me gustaría saltarme de vez en cuando.
He salido a comer sola, Betta no me ha llamado y yo tampoco estoy de ánimo para hablar con ella.
Tenemos una discusión pendiente, pero una cosa está clara, esto hay que arreglarlo sea como sea.
No he visto a Alexander en todo el día, ni he recibido ninguna llamada suya, me sorprende, sobre todo porque le he dicho que no por segunda vez a Lewis que me esperaba al salir del trabajo.

Llego al piso, no hay nadie.
Me descalzo, lanzando los zapatos marrones claros de un golpe en el salón y salgo disparada al baño. Me quito la ropa y me meto en la bañera.
Lo necesito, sentir el agua me relaja durante casi una hora. Me olvido de todo y dejo la mente en blanco.
Relajada, salgo de la bañera y me coloco la toalla. Voy al vestidor a buscar un pijama, quiero tumbarme en el sofá y ver la tele.
Cuando abro las puertas del vestidor, me doy cuenta de que esta mañana me he dejado una caja.
Me agacho para cogerla, es la caja de mis ‘’recuerdos’’. Está abierta y noto como si el corazón se me fuera a salir del pecho.
Me siento en el suelo y la miro. La abro entera y veo fotos y un par de cosas sin valor sentimental para mí. Noto que me falta algo, no caigo en lo que es, siento que mis emociones y recuerdos más dolorosos están a flor de piel, pero entonces oigo como Betta entra por la puerta. Me levanto y dejo la caja en una esquina.
Voy hacía el salón.

-Betta, cuando revolviste mis cosas, ¿abriste una caja que tengo en mi armario? – le digo un poco enfadada.

Ella me mira perpleja, sin comprender. No cree lo que acabo de decirle.
Pasa por delante de mí.

-No, yo no revolví tus cosas, cuando llegué ya estaban así. Pensé que habías sido tú.

Se para en la cocina y saca una botella de agua del frigorífico.
Se vuelve y con los ojos vidriosos continúa.

-¿Cómo has podido pensar que yo haría algo así? – su reacción me deja a cuadros.

 Le pasa algo y no es por la angustia de mi habitación. ¿Pero entonces que pasó?

-Lo siento, Betta. Tienes razón, tú no harías algo así, pero ¿si tu no fuiste y yo tampoco? ¿Qué pasó?  – me acerco a ella con el miedo incrustado en mi piel.

Me siento en un taburete y ella me mira y suspira.

-¿Te falta algo? – me pregunta, preocupada.

-No sé, creo que sí, de a caja de mi armario – le respondo mirándola seriamente.

-¿Lo has mirado todo? ¿Estás segura? –Insiste – podemos llamar a la policía.

-No, no lo he mirado todo, no puedo. A lo mejor son imaginaciones mías. No hace falta que llamemos a la policía por nada – sonrío levemente y ella también lo hace.

 Mi cabeza es un caos, no puedo ni imaginar que pasó el domingo mientras yo no estaba.
Miro a Betta, absorta en sus pensamientos y decido sacar el tema.

-¿Estas mejor?

Cambia de postura y guarda la botella de agua en el frigorífico.

-He hablado con Alexander – dice después de coger aire.

Yo trago saliva, tengo la garganta seca, no puedo ni pensar que le habrá dicho.

-Me ha dicho –continúa – que se encontró contigo y Christopher y que se pensó que te estaba molestando, lo que tú me dijiste – me mira con las cejas fruncidas – también me ha dicho…- entonces agacha la cabeza y rompe a llorar.

 Yo salto del taburete y la abrazo.

-…Dice que cree que es mejor…que es mejor que seamos amigos…

Vaya eso si que no me lo esperaba.

-Betta, cariño, lo siento – le paso la mano por el pelo para consolarla.

Pienso que Alexander la ha dejado por mí, ¿pero qué se yo? De todas formas tengo que intentar olvidarme, aunque sea sólo por mí amiga.
A las doce me encierro en mi habitación, han pasado muchas cosas en muy poco tiempo.
Betta está más tranquila, la he dejado dormida en su cama, es impresionante, está guapísima incluso después de estar más de dos horas llorando.
Yo no sé lo que es que te rompan el corazón, pero según estaba ella me lo puedo imaginar.
Me acuesto, pero antes de dormir miro el móvil. Tengo un mensaje. Me asusto al pensar que puede ser David, es del único del que recibía mensajes. Pero me asusto más al ver que es de Alexander:
‘’Viendo que no quieres que Lewis te lleve, voy a tener que ir yo personalmente a por ti. Descansa preciosa’’.
Me quedo con la boca abierta y por mi cabeza revolotea a idea de contestar y dejar las cosas bien claras, pero no lo hago, va a ser inútil le ponga lo que le ponga.


Por la mañana me duele la cabeza, me tomo una pastilla y observo que al igual que todos los días, Betta ya se ha ido.
Entro en el vestidor para coger mi ropa y entonces recuerdo el desastre de mi habitación. E intentado no pensar en ello, pero me entra el pánico y vuelvo a mirar la caja, sigo sin recordar que falta.
Me arreglo lo más deprisa que puedo y me voy, no tengo ni idea de qué hacer con ese asunto.
Olvido el enorme dilema al ver el Bentley negro de Alexander en la puerta de mi edificio.
Paso lo más rápido posible y camino por la acera sin saber dónde dirigirme, una sensación extraña se apodera de mí, intento disimular.
No han pasado ni cinco segundos y Alexander ya me está agarrando del brazo, lo que ocurre ya muy a menudo.

-Eh, ¿Dónde vas? Ya ni saludas – me sonríe y yo lo único que puedo hacer es echarme a llorar.

Casi nunca lloro y menos delante de alguien, pero cuando estoy delante de él soy más vulnerable y me es fácil expresar lo que siento. Él hace que esté cómoda.
Su rostro cambia de un momento a otro.
El hombre de sonrisa juguetona pasa a ser serio y preocupado. No queda ni un atisbo de su felicidad anterior. Me pregunto cómo lo hará.
Me coge la cara entre las manos y siento sus dedos suaves en mi rostro.

-¿Qué es lo que ocurre? – me pregunta, buscando mi mirada.

Ni una palabra sale de mi boca, no porque no quiera, sino porque en ese momento soy incapaz de hablar del tema.
Me cubre con un brazo y me dirige hasta el coche.

-No, por favor, quiero caminar – digo entre sollozos.

Para mi sorpresa él no se opone y con su brazo sujetándome por la cintura comenzamos a andar.
Tras un par de minutos me relajo y comienzo a hablar.

-Es Betta, está destrozada –  lo miro de reojo y su expresión  es seria – me contó lo que le dijiste y además cuando llegué el sábado tuvimos una pelea, incluso creí que la había tomado con mi cuarto, aunque resultó no ser ella y luego ayer se desplomó y yo… yo... no sé qué hacer – he explotado dando un discurso precipitado en el que ni yo misma sé que he dicho, pero las palabras continúan – a mi me gustas, ¿vale? Sí, lo admito, pero si Betta supiera eso…

Se para en seco y se pone frente a mí, clavándome sus ojos. Parece haber ignorado todo lo que le he dicho excepto lo de mi cuarto, porque dice:

-¿Quién ha estado en tu habitación?

-Em…no lo sé, pero Betta…- voy a continuar, pero me pone un dedo en los labios para que no lo haga.

Su contacto me distrae y lo miro atentamente.

-¿Quién ha podido estar en tu habitación? –repite. Esta vez me da hasta miedo. Enfatiza cada palabra.

Yo me encojo de hombros y digo:

-Ahora solo me importa mi amiga. El resto puede esperar – y sin más demora ni nada que añadir, me lanzo a sus brazos y él me corresponde con un abrazo.

No dice nada más, pero yo se que le está dando vueltas al asunto.


Acepto a ir con él en su coche, pero tras una larga y estresante charla durante el trayecto, acepta a que pueda ir y volver del trabajo yo sola, pero siempre que le avise de que estoy bien. Yo lo veo algo excesivo, pero su poder de convicción es realmente increíble a pesar de que yo soy una testaruda.
Su preocupación por mí hace que las mariposas de mi estómago revoloteen y mi respiración sea forzosa.

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