¡Holaaaa!
Feliz viernes a tod@s, espero que hayáis tenido una buena semana y por lo pronto ahora toca disfrutar del fin de semana.
Ayer no pudimos subir el noveno capítulo, pero hoy sin falta aquí lo tenéis lleno de sorpresa y esperemos que os guste, además este es un poquito cosa que seguro os alegra.
La canción de hoy se llama September, ya tiene su tiempo pero para las buenas canciones no hay modas, y está es buena de verdad ;)
Un beso enorme queridos lectores.
Hay un
tiempo para dejar que sucedan las cosas, y un tiempo para hacer que las cosas
sucedan.
9
Estoy muda sobre la cama y
llena de asombro.
No puedo creer lo que acabo
de hacer.
Instintivamente me tapo
los pechos. Joder, no me puedo creer que los haya visto.
Busco por la cama y entre
las sábanas revueltas mi sujetador. Lo encuentro en el suelo y me lo pongo.
Acto seguido busco mis
braguitas, pero al cogerlas observo – un poco sorprendida – que están rotas.
Bueno, me pondré los pantalones sin más.
Mientras me visto, escucho
la ducha y siento un fuerte impulso de entrar y tirarme sobre Alexander.
Desecho esa idea de mi
cabeza, si ha cerrado la puerta será por algo, tendré que contenerme por esta
vez.
Recojo todas mis
pertenencias.
Estoy colgándome el bolso
cuando se abre la puerta del baño.
Lleva una toalla a la
cintura y el cabello húmedo. Siento que yo también me pongo húmeda.
Este hombre me deja sin
palabras y sin sentido. Me lanzaría a él sin pensarlo dos veces.
Me mira y me estudia con
una mirada que no puedo descifrar. Al final decido hablar y digo:
-Me marcho.
-¿A dónde? – su voz es
helada, sin nada que transmitir.
-A casa, es tarde y… no
debería haber venido – miro por el ventanal y ya es entrada la noche.
-¿No te ha gustado? – noto
un poco de diversión en su voz, aunque no sé si me lo he imaginado
Se apoya en el marco de la
puerta y cruza los brazos. Estos se flexionan y a mí se me abre la boca.
-No es eso… ha sido
increíble, pero ya te lo he dicho, entre nosotros no puede pasar nada más –
digo y me dio la vuelta pero con el sonido de su voz me giro.
-Blake, espera – da un
paso adelante – no podemos dejar que algo o alguien condicione esto. Nos
gustamos ¿para qué darle más vueltas?
Pestañeo incrédula.
-Betta es mi mejor amiga,
no puedo hacerle esto, tú... tú le gustas de verdad y por primera vez desde
hace tiempo, la veo ilusionada – miro al suelo, mirarlo a los ojos me deja
tonta – algo así la destrozaría y a mí me destrozaría que ella dejará de ser mi
amiga.
Resopla y se dirige al
armario, rápidamente se coloca unos pantalones de pijama que le caen en la
cintura, sin nada debajo y yo observo maravillada el espectáculo.
Sale del vestidor y cierra
las puertas tras él.
Se acerca a mí, estamos a
un metro de distancia y yo solo deseo alargar mi mano y tocarlo. ‘Contrólate
Blake, contrólate’ me digo a mi misma.
-Blake, me gustas tú ¡Tú!
No Betta – se pasa la mano por el pelo, frustrado. Yo no sé qué decir – quiero
algo contigo, siento una atracción hacia ti que nunca había sentido por nadie.
-Alexander – digo con voz
entrecortada – no hagas las cosas más complicadas de lo que son.
Me doy la vuelta y salgo
de la habitación.
Llego al pasillo y no
tarda mucho en alcanzarme. Me agarra del brazo y yo intento quitármelo de
encima cuando se me cae el bolso al suelo.
Todo queda esparcido y yo,
furiosa, me agacho a recogerlo. Resoplo mientras voy guardando las cosas.
Alexander me ayuda recoger. Mientras cojo el móvil, este suena y la melodía de
“ La vie en rose” nos envuelve.
Me tiro al suelo y me
estremezco al ver que quien me está llamando es David.
Con el móvil en la mano no
se qué hacer, Alexander me mira sin comprender, se arrodilla a mi lado e
intenta quitármelo de las manos.
-No, no por favor- le digo
suplicante entre sollozos- es David.
El móvil deja de sonar y
yo me intento tranquilizar un poco.
No comprendo por qué tiene
que aparecer ahora, otra vez.
Alexander me abraza y en
murmullo me habla:
-No te preocupes, no te
preocupes- mientras me acuna en sus brazos y varias lágrimas recorren mi
mejilla.
El móvil vuelve a sonar
pero esta vez Alexander no me deja ver quien llama, me lo arrebata de las manos
y se levanta con una rabia que nunca había visto. Se lo coloca a la altura del
oído y con los dientes apretados y la mandíbula tensa, pregunta:
-¿Qué quieres hijo de
puta?- me mira mientras habla.
Yo no puedo contener mi
miedo y me envuelvo las rodillas con los brazos.
No sé lo que David le
cuenta, pero Alexander no para de dar vueltas mientras habla y lo insulta con un desprecio que hasta a mí me sorprende.
La conversación termina
con la amenaza de Alexander:
-No vuelvas a molestarla,
o te las veras conmigo y entonces- se ríe pero es una risa siniestra- desearas
no haber nacido- sentencia.
Me recorre todo el cuerpo un
escalofrío. Alexander se sienta a mi lado y me da un beso en la cabeza mientras
me abraza.
-¿Qué te ha dicho? –
pregunto con voz temblorosa.
El me mira y se piensa su
respuesta, veo la preocupación en sus ojos y finalmente dice:
-Sabe donde trabajas, que
haces en tu tiempo libre y hora que tu y yo estamos juntos.
Miro a la nada, no me lo
puedo creer.
-Ya ha salido de la
cárcel- me dice mirando también un punto fijo a lo lejos – pero no te
preocupes, no voy a dejar que te haga daño. Yo te voy proteger- dice muy serio mirándome a los
ojos.
Llegamos a mi apartamento,
ha insistido en dejarme en la misma puerta. Yo no quería por si Betta está en
casa, pero él insiste demasiado.
Abro la puerta de su Aston
Martin y me agarra del brazo para detenerme.
-Solo te quiero decir una
cosa- me mira serio, pero con una media sonrisa que hace que me derrita- tú
eres la única que me ha llamado Alex.
Yo lo miro y me sorprendo,
vaya aún se acuerda.
-Lo siento, no quería que
te mo…- intento disculparme, pero me corta con un suave beso en los labios.
-No te preocupes, me ha
encantado- y me da otro beso.
-De acuerdo- salgo del
coche con una sonrisa increíble.
Me siento en las nubes.
Ya en casa, parece que no
hay nadie. Las luces están apagadas, suelto el bolso en el sofá y me recorro
los labios con los dedos como si pudiera sentir los labios de Alexander sobre
los míos.
De repente algo me
sobresalta, un sonido como de un sollozo que viene de mi habitación.
Corro a la cocina y cojo
un cuchillo de los más grandes. Me dirijo a la puerta de mi cuarto y la abro
muy sigilosamente, asomo la cabeza y bajo el cuchillo. Veo a Betta en la cama y
todas mis cosas tiradas por todos lados.
Entro de golpe.
-¿Qué ha pasado? –
pregunto asustada y corro hacia ella, pero me para con una mano.
Me mira y tiene el rímel corrido y la cara
manchada.
-¿De dónde vienes? - lo dice con lágrimas en el rostro.
Estoy muy desorientada por
todo lo que me ha pasado hoy. Pienso en mi respuesta un rato.
-Dando una vuelta, me
aburría de estar aquí todo el día...- no
es del todo mentira, voy a continuar pero ella me corta.
-¡Blake, no me
engañes!- su furia es visible y se
levanta haciendo que yo de un paso atrás – Christopher me lo ha contado todo,
dice que Alexander y tu sois novios.
Levanta las manos en forma
de asombro. No parpadea y espera impacientemente a mi contestación.
Respondo con más dureza de
la que pensaba.
-Betta, tranquilízate
¿vale?- intento acercarme a ella – todo ha sido un mal entendido, Alexander
creía que Christopher me estaba molestando.
Me quedo alucinada al
comprobar que hasta yo misma podría creerme mis propias palabras y rezo porque
ella las acepte también.
Parece que la aplacan un
poco, yo suspiro un pelín aliviada y juntas y más tranquilas nos sentamos al
borde de mi cama.
Me cuenta que Alexander
tenía planes esa noche, así que llamo a Christopher para que la acompañara a la
fiesta.
Este último le conto lo
que había visto esa tarde: a Alexander y a mí, “siendo novios”.
Christopher ajeno a todo,
le describió el beso sin rodeos mientras Betta escuchaba atentamente a que
terminará.
La conversación va de mal
en peor, las preguntas son cada vez más difíciles, no puede saber donde he
estado esa noche, aunque ahora mismo me encantaría contárselo todo y aclarar
hasta el mínimo detalle. Pero está demasiado enfadada y podría acabar en
desastre.
Al final cuando siento que
se acerca lo peor de todo, Betta levanta un dedo y me calla, diciéndome:
-Basta ya, me duele mucho
la cabeza. Espero que continuemos con esta conversación- sin más que decir, se
va y cierra la puerta sin ni siquiera mirarme.
Me quedo sentada, con la
palabra en la boca. Miro la habitación, todo está hecho un desastre que se
extiende hasta el vestidor y el cuarto de baño y yo estoy demasiado cansada
para ordenar nada.
Voy a buscar a Betta, mi
cuarto no puede quedarse así.
Sé que estaba muy
enfadada, pero no creo que haya sido motivo suficiente para hacer eso.
Voy con paso decidido a su
habitación y toco en la puerta un poco más fuerte de lo que pretendía.
Al ver que no responde,
intento abrir, nada, cerrado con llave.
Más enfadada no puedo
estar.
Vuelvo a mi desastrosa
habitación, dando patadas a todo lo que encuentro a mí paso.
Me quito los zapatos y me
tiro encima de la cama. No era consciente de lo cansada que estoy, pues en
menos de cinco minutos me he olvidado de todo y me adentro en un sueño
profundo.
--- --- ---
Me levanto de la cama y no
hay nadie en casa, eso que es media hora antes que todos los días.
Recojo mi habitación
desecha.
Mi enfado de la noche
anterior se ha sustituido por calma y paciencia.
Parece que ha pasado un
tornado, ¿en qué pensaba Betta?
Cuando acabo de ordenar,
me arreglo rápido, voy con la hora justa.
Cruzo la puerta de la
calle y un hombre trajeado junto a un Bentley negro me llama. Es mayor, con una
sonrisa amable en los labios y levanta la mano para que me acerque.
-Señorita Solfman, ¡espere! – me acerco curiosa.
-¿Si? – nunca antes lo
había visto, pero él parece saber muy bien quién soy.
-Soy Lewis. Me envía el
señor Kors para llevarla al trabajo.
Mi cara es un poema total.
Se me abre la boca y se me abren los ojos.
El hombre, Lewis, abre la
puerta trasera del espectacular coche invitándome a que suba.
Yo me quedo parada un
rato, pero aclaro mis ideas rápidamente.
-Lo siento, pero llamaré a
un taxi - ¿Qué se ha creído Alexander? Después de lo que pasó anoche con Betta,
no quiero más problemas.
Yo puedo y soy capaz de
cuidarme solita.
Dejando al chófer
esperando a que me monte, me doy la vuelta y llamo a un taxi que para
rápidamente. Me monto y no miro atrás.
--- --- ---
El día en la oficina se me
hace eterno, aunque me guste mi trabajo, hay partes que me gustaría saltarme de
vez en cuando.
He salido a comer sola,
Betta no me ha llamado y yo tampoco estoy de ánimo para hablar con ella.
Tenemos una discusión
pendiente, pero una cosa está clara, esto hay que arreglarlo sea como sea.
No he visto a Alexander en
todo el día, ni he recibido ninguna llamada suya, me sorprende, sobre todo
porque le he dicho que no por segunda vez a Lewis que me esperaba al salir del
trabajo.
Llego al piso, no hay
nadie.
Me descalzo, lanzando los
zapatos marrones claros de un golpe en el salón y salgo disparada al baño. Me
quito la ropa y me meto en la bañera.
Lo necesito, sentir el
agua me relaja durante casi una hora. Me olvido de todo y dejo la mente en
blanco.
Relajada, salgo de la
bañera y me coloco la toalla. Voy al vestidor a buscar un pijama, quiero
tumbarme en el sofá y ver la tele.
Cuando abro las puertas del
vestidor, me doy cuenta de que esta mañana me he dejado una caja.
Me agacho para cogerla, es
la caja de mis ‘’recuerdos’’. Está abierta y noto como si el corazón se me
fuera a salir del pecho.
Me siento en el suelo y la
miro. La abro entera y veo fotos y un par de cosas sin valor sentimental para
mí. Noto que me falta algo, no caigo en lo que es, siento que mis emociones y
recuerdos más dolorosos están a flor de piel, pero entonces oigo como Betta
entra por la puerta. Me levanto y dejo la caja en una esquina.
Voy hacía el salón.
-Betta, cuando revolviste
mis cosas, ¿abriste una caja que tengo en mi armario? – le digo un poco
enfadada.
Ella me mira perpleja, sin
comprender. No cree lo que acabo de decirle.
Pasa por delante de mí.
-No, yo no revolví tus
cosas, cuando llegué ya estaban así. Pensé que habías sido tú.
Se para en la cocina y
saca una botella de agua del frigorífico.
Se vuelve y con los ojos
vidriosos continúa.
-¿Cómo has podido pensar
que yo haría algo así? – su reacción me deja a cuadros.
Le pasa algo y no es por la angustia de mi
habitación. ¿Pero entonces que pasó?
-Lo siento, Betta. Tienes
razón, tú no harías algo así, pero ¿si tu no fuiste y yo tampoco? ¿Qué
pasó? – me acerco a ella con el miedo
incrustado en mi piel.
Me siento en un taburete y
ella me mira y suspira.
-¿Te falta algo? – me
pregunta, preocupada.
-No sé, creo que sí, de a
caja de mi armario – le respondo mirándola seriamente.
-¿Lo has mirado todo?
¿Estás segura? –Insiste – podemos llamar a la policía.
-No, no lo he mirado todo,
no puedo. A lo mejor son imaginaciones mías. No hace falta que llamemos a la
policía por nada – sonrío levemente y ella también lo hace.
Mi cabeza es un caos, no puedo ni imaginar que
pasó el domingo mientras yo no estaba.
Miro a Betta, absorta en
sus pensamientos y decido sacar el tema.
-¿Estas mejor?
Cambia de postura y guarda
la botella de agua en el frigorífico.
-He hablado con Alexander
– dice después de coger aire.
Yo trago saliva, tengo la
garganta seca, no puedo ni pensar que le habrá dicho.
-Me ha dicho –continúa –
que se encontró contigo y Christopher y que se pensó que te estaba molestando,
lo que tú me dijiste – me mira con las cejas fruncidas – también me ha dicho…-
entonces agacha la cabeza y rompe a llorar.
Yo salto del taburete y la abrazo.
-…Dice que cree que es
mejor…que es mejor que seamos amigos…
Vaya eso si que no me lo
esperaba.
-Betta, cariño, lo siento
– le paso la mano por el pelo para consolarla.
Pienso que Alexander la ha
dejado por mí, ¿pero qué se yo? De todas formas tengo que intentar olvidarme,
aunque sea sólo por mí amiga.
A las doce me encierro en
mi habitación, han pasado muchas cosas en muy poco tiempo.
Betta está más tranquila,
la he dejado dormida en su cama, es impresionante, está guapísima incluso
después de estar más de dos horas llorando.
Yo no sé lo que es que te
rompan el corazón, pero según estaba ella me lo puedo imaginar.
Me acuesto, pero antes de
dormir miro el móvil. Tengo un mensaje. Me asusto al pensar que puede ser David,
es del único del que recibía mensajes. Pero me asusto más al ver que es de
Alexander:
‘’Viendo que no quieres
que Lewis te lleve, voy a tener que ir yo personalmente a por ti. Descansa
preciosa’’.
Me quedo con la boca
abierta y por mi cabeza revolotea a idea de contestar y dejar las cosas bien
claras, pero no lo hago, va a ser inútil le ponga lo que le ponga.
Por la mañana me duele la
cabeza, me tomo una pastilla y observo que al igual que todos los días, Betta
ya se ha ido.
Entro en el vestidor para coger
mi ropa y entonces recuerdo el desastre de mi habitación. E intentado no pensar
en ello, pero me entra el pánico y vuelvo a mirar la caja, sigo sin recordar
que falta.
Me arreglo lo más deprisa
que puedo y me voy, no tengo ni idea de qué hacer con ese asunto.
Olvido el enorme dilema al
ver el Bentley negro de Alexander en la puerta de mi edificio.
Paso lo más rápido posible
y camino por la acera sin saber dónde dirigirme, una sensación extraña se
apodera de mí, intento disimular.
No han pasado ni cinco
segundos y Alexander ya me está agarrando del brazo, lo que ocurre ya muy a
menudo.
-Eh, ¿Dónde vas? Ya ni
saludas – me sonríe y yo lo único que puedo hacer es echarme a llorar.
Casi nunca lloro y menos
delante de alguien, pero cuando estoy delante de él soy más vulnerable y me es
fácil expresar lo que siento. Él hace que esté cómoda.
Su rostro cambia de un
momento a otro.
El hombre de sonrisa
juguetona pasa a ser serio y preocupado. No queda ni un atisbo de su felicidad
anterior. Me pregunto cómo lo hará.
Me coge la cara entre las
manos y siento sus dedos suaves en mi rostro.
-¿Qué es lo que ocurre? –
me pregunta, buscando mi mirada.
Ni una palabra sale de mi
boca, no porque no quiera, sino porque en ese momento soy incapaz de hablar del
tema.
Me cubre con un brazo y me
dirige hasta el coche.
-No, por favor, quiero
caminar – digo entre sollozos.
Para mi sorpresa él no se
opone y con su brazo sujetándome por la cintura comenzamos a andar.
Tras un par de minutos me
relajo y comienzo a hablar.
-Es Betta, está destrozada
– lo miro de reojo y su expresión es seria – me contó lo que le dijiste y
además cuando llegué el sábado tuvimos una pelea, incluso creí que la había
tomado con mi cuarto, aunque resultó no ser ella y luego ayer se desplomó y yo…
yo... no sé qué hacer – he explotado dando un discurso precipitado en el que ni
yo misma sé que he dicho, pero las palabras continúan – a mi me gustas, ¿vale?
Sí, lo admito, pero si Betta supiera eso…
Se para en seco y se pone
frente a mí, clavándome sus ojos. Parece haber ignorado todo lo que le he dicho
excepto lo de mi cuarto, porque dice:
-¿Quién ha estado en tu
habitación?
-Em…no lo sé, pero Betta…-
voy a continuar, pero me pone un dedo en los labios para que no lo haga.
Su contacto me distrae y
lo miro atentamente.
-¿Quién ha podido estar en
tu habitación? –repite. Esta vez me da hasta miedo. Enfatiza cada palabra.
Yo me encojo de hombros y
digo:
-Ahora solo me importa mi
amiga. El resto puede esperar – y sin más demora ni nada que añadir, me lanzo a
sus brazos y él me corresponde con un abrazo.
No dice nada más, pero yo
se que le está dando vueltas al asunto.
Acepto a ir con él en su
coche, pero tras una larga y estresante charla durante el trayecto, acepta a
que pueda ir y volver del trabajo yo sola, pero siempre que le avise de que
estoy bien. Yo lo veo algo excesivo, pero su poder de convicción es realmente
increíble a pesar de que yo soy una testaruda.
Su preocupación por mí
hace que las mariposas de mi estómago revoloteen y mi respiración sea forzosa.
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