lunes, 18 de noviembre de 2013

1.Nueve Primeros Capítulos de ''Perdida''

¡¡FELIZ LUNES!

Buenas tardes queridos lectores.
Para empezar la semana con buen pie, os traemos la recopilación de los nueve primeros capítulos de ''Perdida''. 
Los publicamos en dos entradas por el tamaño.
Ya han pasado ya muchas cosas y la historia se pone más interesante, solo desearos que disfrutéis de ellos tanto como disfrutamos nosotras escribiéndolos. 
Mil besos.


   
 1

-‘’Se les comunica a los señores pasajeros con destino a Nueva York que el avión saldrá en una hora.’ ’
- Uff… -  pienso, por los pelos.

Un poco más tarde y lo pierdo. Menos mal que mi querida amiga Sofy es lo suficientemente responsable como para espabilarme.
Aún voy dormida y bastante nerviosa. Es la primera vez que viajo sola en avión y a un sitio totalmente desconocido para mí.
Desde que vivo en Brighton, Inglaterra, no he viajado mucho y no por falta de dinero, sino por otro tipo de problemas: Familia. ¡No! Digo para mí, ahora no puedo pensar en eso, me voy a vivir mi vida, una nueva vida con mi mejor amiga a... ¡Nueva York!
Aún no lo creo, pero así es, voy a por un futuro inesperado que me sorprenda para bien, por favor.
Me despido de mi amiga Sofy con un gran abrazo y alguna que otra lagrimita, me ha ayudado tanto que la voy a echar mucho de menos.
Le digo que nos veremos pronto y con su vocecita de pitufa que tanto me gusta, me dice que por supuesto vendrá a verme, pues sabe que yo por Brighton no voy a aparecer en mucho tiempo.
Me voy ya, estoy preparada. Vamos, Nueva York me espera. Me animo en voz baja.
Me revisan el pasaporte y me preparo para recorrer el pasillo estrecho que me lleva al avión.
Me siento en el asiento número 28. Estoy nerviosa pero intento disimular, no quiero que piensen que con la edad que tengo es la primera vez que viajo en avión.
El viaje se me va a hacer eterno.
A mi lado se sienta una pareja de ancianos, me dan ternura, se ve que se adoran ¡que envidia!
Como soy habladora me presento:

-Hola, Soy Blake.

Me contestan en alemán.  Vaya, a mí que no me saquen del inglés.
Me coloco los cascos de mi Ipod y me queda dormida.
Para cuando me despierto ya estamos en Nueva York.
Me asomo por la ventana y me sorprendo al ver como una ciudad tan grande puede parecer tan pequeña desde estas alturas. Tengo miedo, creo que me voy a perder entre sus calles, pero menos mal que en el J.F.K me espera mi amiga, a la que tanto he extrañado y por la que estoy aquí, Betta. La adoro y ella a mí.

-Señores pasajeros abróchense los cinturones, se les comunica que en unos minutos aterrizaremos en el aeropuerto internacional J.F.K de Nueva York.

Que nervios más tontos que tengo.
Cuando bajo del avión no sé a dónde mirar, hay muchísima gente. Me paro en la cinta por donde salen las maletas y me rio. Me recuerda a tantas películas que he visto, pero me viene una a la cabeza: Solo En Casa. Uff mal rollo.
Cojo mi maleta a toda prisa y me paro. ¿Ahora qué?
Llamo a mi amiga, suena dos veces y contesta:

-¿Dónde estás? – dice con voz cantarina.

Yo respondo:

-En el aeropuerto ¿y tú? – río.

-En la entrada principal, sal, me verás rápido.

Vale, voy a ver si la encuentro. Salgo a toda prisa e intento esquivar a todos los que se cruzan en mi camino hasta que llego a la entrada y allí esta mi querida amiga Betta.
Abandono la maleta y las dos echamos a correr hasta abrazarnos, no me lo puedo creer, estoy en Nueva York y con mi mejor amiga.

---                                     ---                                     ---

Esta primera semana en Nueva York ha sido fascinante. No hay nada como el Upper East Side.
Decido empezar a mandar CV y poder encontrar un buen trabajo rápido, no me puedo quedar de brazos cruzados.
Betta trabaja en VOGUE y yo deseo que pueda conseguirme un puesto como editora.
Sentada  junto a la barra de la enorme cocina, me suena el móvil, es ella.

-¿Blake? A que no sabes lo que he conseguido yo, la mejor amiga del mundo, ¿eh?

-No lo sé, pero espero que sea lo que estoy pensando – por favor que sea el puesto.

-¡Eres la nueva editora de VOGUE!

Lo que hacen los enchufes y un movimiento de caderas de la señorita Bethany Evans no lo hace nadie. ¿Quién se podría resistir a una rubia de casi metro ochenta, ojos verdes y bronceado perfecto? Evito preguntarme como lo ha conseguido, disfruto de la noticia.

-¿Qué te  parece si lo celebramos esta noche? – su voz me saca de mis pensamientos.

-¡Por supuesto! Sabes que yo no diría no a una fiesta.


Listas para salir y enfundadas en unos gloriosos vestidos de diseño, nos disponemos a salir a la noche Neoyorkina.
Acabamos en uno de los locales de moda. ¿Cómo entramos? Tampoco me quiero preguntar como lo ha conseguido mi amiga.
El pub es amplio, de dos plantas y decorado cuidadosamente en tonos rojos.
Nos dirigimos a la barra donde empiezo a aburrirme debido a que Betta habla alegremente con un hombre al que acaba de conocer.
Me dispongo a ir al baño a retocarme cuando tropiezo con alguien. Y vaya alguien…
Es el hombre más guapo y atractivo que he visto en mi vida.

-Lo siento – dice.

 Solo con esas palabras y esa voz ya habría sido suya, pero lo encuentro mirando detrás de mí, a Betta. Demasiado guapo para ser cierto, pienso y más desconcertada que en toda mi vida, retomo mi decisión de ir al baño y despejarme un poco.
Me miro al espejo. Estoy un poco acalorada, hay demasiada gente, pero me sorprendo al ver que me favorece ese pequeño toque de rubor en la cara. El pelo lo llevo o lo ‘’llevaba’’ en tirabuzones aunque no está tan mal ahora, el rímel un poco corrido lo limpio con una toallita, así resaltare más el color avellana oscuro de mis ojos.
Cuando voy a salir entran dos repipis muy arregladas de más para mi gusto y comienzan a hablar de alguien a quien conozco.

-¿Has visto a la rubia de la barra? – dice la repipi morena.

-Sí, ¿Cómo puede ir con ese descaro, teniendo al que quiera? – contesta la repipi número 2.

Pero que envidiosa que es la gente. Paso por delante de ellas y me observan de arriba abajo y cuando estoy para salir, me contoneo y les digo:

-¿Os gusta lo que veis?

Me entra la risa y salgo corriendo del baño. Creo que los Gin Tonic me están afectando, pero Betta aún sigue hablando con el moreno cachas y yo aburrida decido pedir otro cubata y salir a la pista de baile.
La noche se pasa volando, creo que no he bailado más en toda mi vida.



A la mañana siguiente estoy como si me hubiese pasado un camión o mejor dicho un tren por encima.
Que dolor de cabeza, de pies y en definitiva de todo.

Me desperezo en la cama y a regañadientes me levanto como puedo, como no me obligue a mí misma, soy capaz de pasarme así todo el día.
Me pongo una camiseta ancha, de esas de propaganda, no es el mejor pijama pero sí el más cómodo.
Cuando llego a la cocina veo a Betta muy arreglada. ¡Pero si es domingo!
Me mira y me dice con una sonrisa:

-¿Qué tal la nueva editora?

Es verdad, soy la nueva editora de VOGUE. Me entra la risa y empezamos a hablar de cómo será mí día a día.
Estoy deseando que sea lunes.
Betta va a ir con el chico que conoció ayer en el pub, que sonrisita de tonta tiene.

-Se llama Christopher, es entrenador personal – me dice.

-Vaya, la verdad estaba bastante cachas, ¿es simpático?

-A mi me gustó y además, viene a buscarme en su jaguar – lo último lo dice gritando, creo que me ha perforado un tímpano.

Me alegro por ella, con su última relación no le fue muy bien.
Tocan al timbre y sale disparada, coge su bolso de un tamaño considerable y mandándome un beso sale por la puerta.
Decido aprovechar la mañana del domingo para ordenar un par de cajas que me quedan de la mudanza, parece que no se acabará nunca.
Encuentro recuerdos que no se si quiero conservar, pero aún así los empaqueto de nuevo y los dejo guardados en el fondo del vestidor.
Algún día sabré que hacer con ellos.
Por la tarde, para no pensar en nada, me enfundo el chándal y salgo a correr, ver pasar a gente y el aire –no muy fresco, pero aire al fin y al cabo- me distraerán.
Voy a dar una vuelta por el sitio donde mañana empezaré a trabajar, este se encuentra a más de una hora y media corriendo de donde vivo, tendré que coger taxi.
La sede de VOGUE USA se encuentra en el edificio Condé Nast, en Time Square. Todo es de cristales y es bastante alto, majestuoso como lo que guarda en su interior.
Me paro un poco más atrás de la acera para tomar una foto con mi Smartphone, cuando de repente alguien tira de mí y me hago daño en el pie, auuh.
Estoy en los brazos de un hombre y no doy crédito a lo que veo, es moreno, altísimo, ojos oscuros, barba incipiente y traje gris oscuro con corbata negra.
Me mira… me mira… me escanea con la mirada y de repente me suelta:

-¿Estás bien? – este pedazo de hombre me está hablando y yo con la boca abierta.

Observo que lleva maletín, ¿trabajará por aquí?

-Sí, bueno, un poco dolorida del pie, pero se me pasará – esbozo una sonrisa tímida, estoy muy nerviosa y poco acostumbrada a hablar con hombres, la verdad.

-Ten más cuidado, Nueva York es peligroso si te paras en mitad de la calle.

Madre mía, estoy alucinando y yo con estas pintas.

-Em, lo siento, tengo prisa, cuídate el pie – esboza una sonrisa tímida que hace que me olvide hasta de mi nombre.

No me sale ni una palabra.

-Gracias – consigo soltar.

Miro hacia abajo, avergonzada y para cuando vuelvo la vista al frente, él ha desaparecido.
Pero bueno, ¿Qué hacía en traje en domingo? Parece que aquí la gente no descansa.
Vuelvo a recordar su fabuloso rostro y espera, una cara así no se olvida, ¡es el hombre de ayer! Qué pequeño es el mundo.
Salgo de mi ensueño, me lo recuerda mi pie dolorido y el dolor de cabeza de esta mañana que ha vuelto, será mejor que regrese a casa y descanse un rato.
Al llegar Betta ya está de vuelta. Es casi de noche.

-Hola, pensé que pasarías todo el día fuera y parte de la noche – sonrío.

-Se me olvidó decirte que hoy tengo otra cita, un pez gordo, Alexander Kors – levanta una ceja y se le corta la respiración nada más que decirlo.

Betta, puf, que suerte tiene, podía estar con el hombre que quisiera con solo chasquear los dedos. Yo… bueno, yo con mi 1’70 de altura y mi no cuerpo de modelo, sino con curvas, si salgo con ella no tengo mucho que hacer. Ella sí parece modelo de Victoria’s Secret. Pero que se le va a hacer, yo no pienso en eso, solo en que ahora en adelante conseguiré lo que me proponga.

-¿Sales con dos tíos a la vez? – mi voz suena irónica.

-Sí, ¿por qué no? Christopher para pasar el rato, pero Alexander… uf, no hay quien se resista a él, además como le sientan los trajes…

Que me lo digan a mí, digo para mí misma.
Betta se apoya en la encimera mirando al infinito.
En ese momento tocan al timbre.

-¿Puedes abrir, Blake? Todavía no he acabado.

Me dirijo a la puerta y digo al portero que si es el señor Kors puede pasar.
Abro la puerta y espero. Mi cara es un jeroglífico, no puede ser, ¡es el hombre-adonis del pub y de esta tarde! No lo puedo creer.
Tiene el mismo aspecto de hace unas horas, impecable, seductor y arrebatadoramente guapo.
Viste el mismo traje, pero mantiene la chaqueta en el brazo. Pienso que a nadie le sienta tan bien un traje como a este hombre.

-¿Otra vez usted? – me mira con sus profundos ojos y una sonrisa que no deja mucho que ver.

Al ver que no respondo, dice:

-¿Esta Betta?

-Oh, si si, en seguida viene, yo soy Blake, Blake Solfman, su amiga y compañera de piso, encantada. – joder, ¿Qué hago yo ahora? Que corte.

-Alexander Kors – alza su mano hacía a mí, estrechándola firmemente, su contacto es suave y no quiero soltarla –igualmente señorita Solfman.

Mi respiración es acelerada y mis pensamientos van y vienen. Tengo el pelo horrible y encima estoy descalza, por no hablar de mi cara resacosa.
Pero nada de esto importa, porque cuando aparece Betta a mis espaldas, el corta toda visión conmigo y sin una palabra más salen por la puerta, dejándome muda en el recibidor.


 2


Ya no recordaba lo que era madrugar.
¡Buenos días Nueva York!
Hoy es mi primer día de trabajo y quiero llegar un poco antes.
No he visto a Betta desde ayer, así que no sé cómo fue su cita… me quito eso de la cabeza y me voy a mi enorme vestidor.
Mi gran pasión es la moda, es en lo único que me gasto parte de mi pequeña fortuna.
Al final me decanto por un vestido ajustado hasta la cintura, con print floral y unas cuñas rosa a conjunto. Suelto mi pelo castaño recién lavado y lo seco un poco, lista para mi primer día.
Cojo el Ipad y me dirijo a la cocina.
Como imaginaba, Betta no está y no me preocupo, es típico en ella y además su mensaje decía: ‘’no me esperes despierta ;) ‘’
De camino a las oficinas de VOGUE me doy cuenta de lo nerviosa que estoy.
Cuando entro, voy a recepción y me indican donde ir.
Mi planta es la más alta del edificio, la 48.
Mi mañana transcurre entre saludos, indicaciones y más saludos, el ambiente es muy agradable.
Es la hora de comer, así que saldré a una cafetería que he visto esta mañana en frente.
Cojo mi bolso y antes de que haya salido, Betta está apoyada en el marco de mi puerta con una enorme sonrisa.

-Vaya, vaya…la chica perdida ¿Qué tal tu cita? – digo levantando una ceja con una sonrisa.

Ella se ríe y contesta:

-En verdad no era una cita, es solo para pasar el rato, pero si fuese a más no me importaría – resopla.

Me quedo boquiabierta.

-Venga, te invito a almorzar y me cuentas.

Salimos a la cafetería y nos tomamos algo, pero como a mí me ruge el estomago, vamos a un restaurante hindú que hay cerca. La comida es fantástica y me cuenta sin omitir detalles como es el señor Alexander Kors en casi todos los ámbitos. Yo callo y escucho hasta que termina.

-Yo ya lo conocía – le digo.

Me mira con cara rara y yo me río.

-Me choqué con él  este sábado pasado – doy un sorbo a mi Nestea.

-No me lo habías contado.

-No nos hemos visto mucho desde entonces Betta.

Ella se ríe y dice:

-Tienes razón.

Pasada la hora y media del almuerzo, volvemos a la oficina. Ella se queda dos plantas más abajo y yo sigo mi camino hasta la planta 48.
Entro en mi despacho y cierro la puerta a mis espaldas apoyándome en ella, no sé si me encuentro mal por la comida o por lo que me ha contado de ese hombre. Aunque parece que está claro que es por la segunda opción.
Miro alrededor los grandes ventanales de cristal que van de techo a suelo, una vista inmejorable de la ciudad. Estas ventanas además dan al edificio de en frente, peligrosamente cerca, pienso.
Me quedo observando y lo que veo me deja sin respiración.
Es un despacho enorme, diría que ocupa parte de esa planta. Se abre la puerta de este y entra un hombre, tira la americana color azul noche al sofá y se desabrocha los puños de la camisa y los botones del cuello. No lleva corbata y se le ve acalorado.
Me fijo bien y como no, por si fuera poco ¡es él!
Alexander Kors.
No me lo puedo creer, sale un segundo de mi mente para materializarse en el edificio de al lado.
Madre mía, que calor me entra por el cuerpo cuando veo que se acerca a la ventada que está justo en frente y me observa.
Doy un respingo y descubro que estoy totalmente pegada al ventanal y con las manos apoyadas a cada lado de mi cuerpo sobre el cristal.
Me quiero morir, que vergüenza.
Me recompongo enseguida y me siento en mi silla dándole la espalda, no me atrevo a mirar hacia atrás, no sé si seguirá mirando.
Intento concentrarme las horas que me quedan de trabajo y lo consigo a medias.
Cuando recojo mi mesa y me voy a marchar, me permito una miradita hacía el ventanal, pero ya no hay nadie en el otro despacho, creo que siento decepción y no lo entiendo.
Será mejor que me vaya.

El segundo y tercer día de trabajo transcurren normales y sin saber nada del señor Kors.
Cuando llego a mi apartamento el miércoles descubro que soy más despistada de lo que pensaba, me he dejado las llaves en el despacho. Me maldigo en silencio.
Toco y toco pero Betta no está ¿ahora qué hago?
Estoy a punto de sacar mi móvil para llamarla cuando la puerta del apartamento contiguo se abre y aparece un hombre impresionante.
Es fuerte, alto – no tanto como Alexander, del cual parece que empiezo a tener obsesión – pero su metro ochenta no se lo quita nadie. Tiene el pelo entre castaño oscuro y bronce, ojos verdosos y muy rasurado, aparte de una sonrisa que quita el hipo.

-Hola – dice.

Respondo igualmente, con un tímido ‘hola’.

-¿No entras?

-Aún no lo sé, no tengo las llaves – que vergüenza por dios.

Me mira y vaya ojos expresivos que tiene

-¿Vives con Betta verdad? –Asiento – no te preocupes, a ver si puedo hacer algo- me dice con una sonrisa y entra en su casa, dejando la bolsa de deporte a que llevaba a un lado.

Me asomo a la puerta, curiosa. El apartamento se parece bastante al mío.
Cuando sale me dice:

-Llevas poco tiempo aquí, ¿no?

-Sí, soy Blake Solfman, encantada.

-Yo David Millers, encantado - ¡que sonrisa tiene!

Miro su bolsa de deporte.

-Lo siento, no quería hacerte perder el tiempo, ibas a salir- me disculpo.

-No te preocupes, siempre hay tiempo para ir al gimnasio, pero ¿hacer que una chica guapa entre en su casa? Eso no pasa todos los días.

Me río como una tonta, mientras el abre la puerta con una especie de alambre grueso.
¡Si  lo llego a saber, me olvido las llaves antes!



 3


Estoy saliendo de la ducha y tocan al timbre.
Betta no está, así que cojo una toalla, me la coloco alrededor y me dispongo a abrir.
Seguramente es ella, porque que yo sepa es la única aparte de yo que tiene acceso.
Excepto…
¡Dios mío! Abro la puerta y me encuentro a Alexander Kors vestido con ropa de deporte y sudoroso, frente a una yo cubierta solo por una toalla y todo el pelo mojado cayendo sobre mis hombros.
No decimos nada, él se acerca rápidamente y me agarra por la cintura. En una abrir y cerrar de ojos me besa apasionadamente.
Sus labios son sutiles y calientes. Él es caliente.
Yo me dejo llevar y olvidándome de la toalla, alzo las manos a su pelo oscuro.
Sus manos también se mueven, me recorren el pelo mojado y ahora que no hay toalla, también el cuerpo. Son rápidas pero muy cautelosas.
Me levanta en volandas moviéndose hasta el salón donde caemos sobre el sofá, el sobre mí, trasmitiendo todo su calor.
Nuestros ojos se encuentran. Sus profundos y oscuros ojos me observan como si no hubiese nada más, haciéndome sentir pequeña.
Continúa besándome, los labios, el cuello y sigue su recorrido hasta abajo, donde se encuentra con mi pecho, lo muerde, lo chupa, los estimula y siento mi cuerpo entregándose a la pasión que el suyo irradia.
Atiende mi otro pecho y sus besos bajan hasta mi vientre, más abajo, más abajo…dirigiéndose a mi punto débil cuando…


¡No soporto el maldito despertador!
Me quito la sábana de encima, pero cuando recuerdo mi sueño me vuelvo a tapar, abochornada.
Yo nunca había soñado algo así.
Salgo de la cama a regañadientes y me voy al baño, quiero echarme agua por la cara o a lo mejor meterla en el lavabo.
Cojo el cepillo de dientes y mientras me cepillo, pienso mirándome al espejo e intentando olvidar mi fantasía de la noche.

Entro en VOGUE, ya un poco más tranquila.
Subo al ascensor y saludo a un par de personas que reconozco. Estoy a punto de entrar en mi despacho cuando me viene a la cabeza mi sueño. De repente mi temperatura corporal se eleva.
Me tranquilizo a mí misma diciéndome en voz baja:
-Solo ha sido un sueño, un sueño…
La luz a estas horas es preciosa y la ciudad se ve totalmente increíble.
Me quedo observando el paisaje, pero mis ojos revolotean hasta el edificio de en frente y ahí está él.
Me noto más acalorada que antes y agacho la mirada, mirando una carpeta que tengo sobre las manos, ni me percato de que esta está del revés. Vuelvo a levantar la vista, no tengo por qué avergonzarme.
Alexander acaba de salir de una habitación que se encuentra en su enorme despacho. Al verme su expresión cambia y yo instintivamente me doy la vuelta y respiro hondo. Cuando vuelvo a girarme, él ya no está, en su lugar observo una gran cortina de un gris oscuro que tapa toda la extensión de su despacho.
Me siento mal conmigo misma, por mi sueño, por mirar tanto…
Cojo el té de mi bolso, tomo un sorbo y me dispongo a comenzar con mi primer encargo como la nueva editora de VOGUE.
El resto de la mañana pasa rápido. Me encanta mi trabajo, debo volver a agradecerle a mi amiga el puesto otra vez.
En mi pequeño descanso por la tarde la llamo, ya que no está en su despacho.

-¡Hola editora! ¿Qué tal vas? – suena alegre, como siempre. Hace que me suba el ánimo.

-Hola, ¡pues fantástico! Gracias otra vez ¿y tú?  ¿Dónde estás?

-Pues haciendo unos últimos encargos para el número de Agosto – Betta es la directora creativa – Oye, tengo una oferta para ti.

-¿De qué se trata? – viniendo de ella espero que sea algo divertido.

-Pues es una cena. Con Alexander…- deja la frase en el aire.

-Díme ¿A dónde quieres llegar? – no me gusta el giro que ha dado la conversación.

-A ver, sería una cita de parejas, tú, yo… Alexander y… te buscaré a alguien, ¡tranquila! Solo quiero que conozcas a Alexander y él a ti, es tan agradable… - suspira.

-¿Es obligatorio? – la verdad es que por qué no, me apetece deleitarme con el hombre-adonis.

-Rotundamente sí.

-Bueno, si insistes… pero yo llevo a mi pareja.

-¿Y eso? ¿Conoces a alguien? – su tono de voz pasa a ser interesado.

-Un poco, sí. Debo volver al trabajo, hablamos luego y me cuentas. Un beso.

-¡Chao!

En cuanto cuelgo, pienso en mi pareja, se lo diré al vecino, el muchacho tan guapo, David Millers.



Salgo de la oficina directa a casa. No me paro con nadie, tengo prisa.
Llego un poco agotada, he subido por las escaleras y el calor es insoportable y pegajoso.
Una vez en la puerta del apartamento de David, me paro y pienso en que decirle, ¿y si no puede? O peor ¿y si no quiere?
He hablado un par de veces más con él. Espero que le apetezca.
Suspiro y decido tocar al timbre y que pase lo que tenga que pasar. Responde una voz muy marcada desde el interior, muy masculina, es David.
Abre y me quedo embobada.
Solo lleva puesto un pantalón del pijama color negro un poco por debajo de las caderas. Se le marca la v de los músculos, madre mía, que torso.
Me mira y sonríe, debo haber sido un poco descarada.

-Hola, David – digo un poco con la respiración agitada.

-Hola, Blake – me responde - ¿quieres pasar?

-No, gracias. Solo quiero hacerte una pregunta rápida, para este sábado por la noche…

-Sí, tú dirás – sonríe.

-¿Te apetecería venir a cenar con mi compañera de piso, es decir, Betta y… un amigo suyo? – no quiero decir novio, no quiero que piense que es en plan cita.

Me quedo observando y noto como me mira a los ojos sin bajar la mirada y al rato responde:

-Claro que voy, ¿paso a recogerte? – me dice con una risilla pícara y mirando la puerta de mi apartamento.

---                                     ---                                     ---

La semana pasa rápido y ajetreada.
No he vuelto a ver a Alexander en la ventana de su despacho, aunque con esas cortinas ¿qué voy a ver? Creo que estoy un poco triste por eso, pero no debería, es el chico de mi mejor amiga.
A David me lo he encontrado por las escaleras casi todos los días, me he dicho que nada de ascensor, es un tercero, no es tanto.
Él es muy simpático y hace mucho deporte.
Me ha dejado caer en varias ocasiones que vaya con él al gimnasio e igual lo hago, llevo bastante tiempo queriendo ponerme en forma.
Siempre que lo veo me alegro el día, transmite esa felicidad.


 4


El sábado amanece soleado en Nueva York y eso me encanta. Mi ánimo está por las nubes.
Me levanto y desayuno, Betta aún está dormida. ¿Qué hora es? Miro el móvil, las 8:00 en punto, que madrugadora. ¿Serán nervios? No me extrañaría, porque quiero ver a Alexander. Me ha afectado.

-¡Buenos días! – dice Betta casi cantando, está más alegre que de costumbre.

Le respondo igualmente con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Me vas a decir quién es el afortunado que te va a acompañar esta noche? – pregunta levantando las cejas, expectante.

-Creo que lo conoces, pero ya verás luego – le guiño un ojo y me mira ceñuda.

Se da por vencida o eso creo, aunque me conoce y sabe que no me va a sonsacar nada.
Una vez desayunamos, decimos ir a un salón de belleza y hacernos la cera, en fin, arreglarnos un poco. Hace tiempo que no me regalo un capricho así.
Para comer decidimos ir a un restaurante mexicano, ¡me encanta la comida mexicana!
No paramos de sonreír, juntas nos lo pasamos muy bien.
Cuando llegamos a casa, decido ir a la ducha, pero antes llamo a David para concretarle la hora a la que debe pasar  a recogerme.
Hemos quedado a las nueve y son las seis y media, tengo que arreglarme ya.
Me ducho y me voy al vestidor.
Decido que quiero estar rompedora, como diría Betta. Me pongo unas medias de liga, muy sexis y un conjunto negro de encaje precioso y algo atrevido. Me enfundo un vestido color vino tinto, corto y de tirantes con un maravilloso  escote en la espalda en forma de pico, mis zapatos, un capricho muy caro, mis Jimmy Choo negros comprados con mi primer sueldo, a conjunto con un bolso de mano imitando la piel de serpiente a la perfección con cadenas en dorado.
Me recojo el pelo en una cola llena de tirabuzones, me maquillo de una forma sencilla y natural, un poco de base, raya, rímel y mi pintalabios rojo que no falte.
Salgo al salón y me quedo petrificada cuando veo a Betta, con un vestido verde lima hasta el suelo de estilo griego, impresionante. Lleva el pelo liso con un pequeño pasador que le da un toque muy dulce.

-¡Estas rompedora Blake! – me dice mirándome con una expresión de incredulidad.

-Pues tú no te quedas atrás – le digo riéndome.

Me acuerdo de que me he dejado el móvil en mi cuarto y voy a por él.
Tocan al timbre y oigo que entra más de una persona.

-Hola, me he encontrado con David en la puerta. Es la pareja de Blake – dice Alexander.

 Ya no me acordaba de esa voz tan excitante.

-Hola, Betta – dice David.

Ella me llama:

-¡Blake ya están aquí, sal!

Voy a toda prisa y me paro en seco al ver a los dos hombres más impresionantes que he visto nunca.
Ambos de traje negro sin corbata, Alexander con camisa blanca y David de azul claro.
Noto que me miran de arriba abajo y me sonrojo, que vergüenza.

-Hola – me saludan ambos.

-Estás increíble, Blake – me dice David mientras se acerca a mí.

Sin apartar la mirada de Alexander, que noto como me recorre el cuerpo sin miramientos.
De repente Betta suelta un chillido de emoción y nos encaminamos hacia la puerta.
En la calle nos espera un Aston Martin propiedad de Alexander y nos conduce hasta un increíble restaurante en pleno Manhattan. Es italiano y ya tenemos mesa reservada para cuatro, gracias al señor Kors.
El lugar es moderno de colores fríos, azules agua y plateados. El ambiente es acogedor y sofisticado.
Mientras nos conducen a nuestra mesa, Betta me dice al oído:

-Esta es una de las muchas propiedades de Alexander.

Como no, pienso ¿y que no tiene este hombre?
Nos acomodan en uno de los reservados, mesas más elevadas a las del resto.
La cena está transcurriendo de forma agradable y aunque mi pareja es David, yo no puedo dejar de mirar a Alexander. Me dirige miradas cortas y siempre me pilla cuando lo miro.

-Disculpadme, tengo que ir al baño- iré a retocarme el maquillaje y a despejarme un poco.

-Te acompaño- dice Betta.

Nos levantamos, pero termino en el baño yo sola, porque ella se ha encontrado a un conocido.
Me pinto los labios de nuevo y me aprieto la coleta.
Estoy saliendo del baño cuando de repente alguien me coge por la espalda.
Todo sucede muy rápido. En menos de un segundo estoy contra la pared y con Alexander frente a mí con una mano a cada lado de mi cuerpo, aprisionándome.
Mi respiración es irregular.
Me observa con sus profundos ojos. Abre su maravillosa boca y hace ademan de acercarla a la mía, yo giro la cabeza y el coge mi mandíbula con sus largos dedos.

-Se que lo estas deseando- su voz es firme, pero yo juraría que su respiración no lo es tanto.

- No estés tan seguro. Yo nunca haría algo así a Betta- y sin pensarlo dos veces, paso por debajo de sus brazos.

No sé qué hacer, soy un flan, estoy nerviosa e intento aclarar que si lo que ha pasado ha sido cierto o yo me lo he imaginado.
Decido no comentarle nada a Betta, será lo mejor.
Cuando llego a la mesa están todos.
Durante el resto de la noche, Alexander no vuelve a mirarme. En mi interior siento una punzada de decepción.
Al llegar a casa, David me invita a tomar algo a su apartamento.
La estancia es moderna y se nota que vive solo.
Me invita a sentarme.

-¿Qué te gustaría tomar?

 Su sonrisa es dulce y muy encantadora.
Aunque sin quererlo mis pensamientos van hacia otra dirección, reviviendo el aliento de Alexander sobre mi cuello.

-Vino blanco, si tienes.

-Claro, buena elección – saca una botella del moderno frigorífico y sirve dos copas.

Viene hasta el sillón y me acerca una. Se sienta muy cerca de mí y posa su mano sobre mi rodilla. Su tacto es suave y no me disgusta.

-¿Qué tal tu vida en Nueva York? ¿Echas de menos a tu familia? – me pregunta.

-Bueno, por ahora me encanta. De mi familia mejor no hablar.

-¿Por qué? – parece interesado y me mira con los ojos muy abiertos.

- Era adoptada, peros son demasiados problemas que no quiero desenterrar – miro a mis manos nerviosa.

Estoy bastante incómoda.

-Todos tenemos un pasado, venga, confía en mí – me mira con una media sonrisa.

Pero yo estoy dispuesta a no seguir con esa conversación.
Como no quiero ser grosera, le intento  sacar otro tema:

-Em… y tu… esto – joder, no sé qué decirle. Parece que se apiada de mí y habla.

-¿Tienes novio? – sonríe.

Niego con la cabeza y sin dejarme hablar se abalanza contra mi boca.
Por un momento pienso en pararlo, pero lo sigo y nuestras lenguas comienzan a unirse, no me desagrada.
Posa sus manos en mis hombros y baja por mi espalda, me tumba en el sillón.
Quiero abrir la boca para decirle que no siga, pero él me calla con la suya, me besa desesperadamente y muy brusco. Sus manos antes delicadas por mi espalda ahora buscan desesperadamente la cremallera y yo lo separo.
Él me mira confundido.

-Lo siento, pero esto va muy rápido – digo.

Al principio parece enfadado, pero me mira y esboza una media sonrisa.

-No importa – resopla y se aparta de mí.

Le digo que es tarde y me voy a casa.

---                                     ---                                     ---

El lunes por la mañana estoy contenta.
Elijo ropa atrevida y salgo a las calurosas calles de Nueva York.
El domingo hablé con David y todo está bien entre nosotros. Incluso puede que me apunte con él al gimnasio.
Entro en mi despacho e instintivamente lo primero que hago es mirar al edificio de en frente. Estoy alucinada, aunque el motivo no es tan grandioso, es si no que le señor Kors ha retirado las cortinas y se encuentra trabajando en su gran mesa de cristal mientras habla por teléfono aflojándose la corbata.
Nuestras miradas se cruzan y por primera vez, él me sonríe. Su sonrisa es torcida y un poco tímida.
Yo le correspondo y me siento en mi mesa. Me doy la vuelta y me sorprendo al ver que continúa mirando.
Me sonrío a mí misma, este hombre puede conmigo.
Recibo un mensaje de David a media mañana, le respondo y le pregunto si irá al gimnasio. Me siento con energía para empezar hoy.
Quedamos en vernos a las 7 en un gimnasio cerca del centro. El gimnasio es antiguo pero muy bien equipado.
La tarde transcurre rápida y llena de ejercicio.
Llego a casa exhausta. Ha estado bien pasar un rato con David.
Se me cae la cara al suelo cundo estoy sacando los llaves y me dispongo a abrir la puerta, me abre Alexander.
Mi expresión debe ser todo un poema, no sé cómo reaccionar.

-Hola, Blake ¿pasas?

Me saluda con una sonrisa que haría que se derritiese el mismísimo polo norte.

-Hola – digo.

Paso a toda prisa, vaya pintas.

-Estaba con Betta pero ha salido a hacer unos recados, me ha pedido que la espere – dice con expresión seria pero un poco divertida, diría yo.

Me quedo mirándolo como una tonta.

-Claro, espero que no tarde mucho. Yo voy a ducharme y cambiarme, en seguida salgo – me voy a toda prisa a mi habitación. Siento como me sigue.

-Espera, Blake – grita a mis espaldas.

Me quedo justo en frente de la puerta de mi cuarto, me vuelvo y digo:

-Dime – espero expectante.

Se coloca delante de mí y con una mano que yo miro de soslayo, abre la puerta y me invita a pasar.

-¿Estas saliendo con David? – me pregunta directamente, serio.

No sé que responder a eso ¿A qué viene?

-No, no se le puede llamar salir, somos amigos.

-Con derecho a algo más…- dice de repente.

Eso me molesta.

-Pues sí – miento enfadada - ¿te molesta?

Noto como no aparta la mirada de mis labios. Estoy absorta.
Se acerca lentamente y voy retrocediendo hasta que me topo con la cama y caigo de espaldas sobre ella.
Él se va arrastrando por encima de mí, hasta que lo tengo a pocos centímetros de mi boca.
Pega su boca a mi oído y dice muy despacio, con una voz mezcla de rabia y erotismo:

-Pues sí, claro que me molesta ¿no te has dado cuenta?

No es una pregunta, es una afirmación.
Sin  esperarlo, apoya su boca en la mía, saca su suave lengua y la pasa por mis labios. Justo cuando va a besarme oímos que abren la puerta.




No hay comentarios:

Publicar un comentario